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    La confortable ilusión estética de lo infinito

    Por Miguel Fabia

    “Yo sé que llegará el día en que Shakespeare y Cervantes, que son los dos más grandes escritores de nuestra cultura, van a desaparecer”.  Roberto Bolaño

    I

    Sentado en un sillón de su biblioteca, bañado por el resplandor anaranjado del crepúsculo que ingresa por la ventana, Augusto Góngora (aquel reportero insolente que desafió a la dictadura arrojándose a las calles santiaguinas para registrar la desolación) observa con insólita perplejidad esa gran cantidad de libros suyos que reposan en los anaqueles que se erigen a su alrededor. Súbitamente, a contrapelo de su voluntad, se desprende de su boca una pregunta atroz: “¿Y si se los llevan?” Con manos trémulas, el periodista de 71 años se agarra los cabellos blancos de su cabeza. “Si se los llevan, yo no puedo estar…”, susurra.

    Entonces rompe en llanto.

    Al oírlo, Paulina Urrutia comprende al instante que su esposo se ha extraviado, una vez más, en los intrincados laberintos del alzheimer. Sentándose a su lado, la actriz y exministra de Cultura intenta aliviar aquel pavor absurdo que se ha apoderado de él; con voz dulce le asegura que no hay nada que temer, que sus libros están ahí, a salvo sobre los anaqueles. 

    Pero es inútil; Góngora echa lágrimas desconsoladamente, y ni él mismo sabe por qué. “¿Qué me pasa?”, se pregunta entre quejidos, “¿por qué estoy llorando?”, húmedo y desfigurado el rostro producto de una amenaza tan repentina como inexplicable. “Tengo miedo… No quiero que se vayan más… Trabajé tanto para hacer estos libros…”.

    La mujer, compungida, se inclina sobre su amado y le acaricia la frente sudorosa. “Estás rodeado de tus libros, amor”, le insiste.

    El problema es que, para él, los libros son mucho más que libros; con palabras convulsas que nacen y se elevan desde el turbulento mar de su pena, Góngora le dice a su esposa: “Los libros soy yo y los amigos”.

    Desde los parámetros del alzheimer, un neurólogo podría explicar sin problemas la falta de coherencia de esta escena correspondiente a La memoria infinita (2023), el documental de Maite Alberdi. Pero conformarse con esa explicación (puramente clínica) implicaría resignarse a que la discusión acabe ahí. Lo cual sería muy decepcionante. Y también aburrido. Pues la escena parece estar impregnada de una desgarradora pero fértil ambigüedad poética que no sólo absorbe al espectador sino que además lo desafía a engendrar interpretaciones más osadas.

    Yo al menos, que soy agradecido con el cine, no desdeñaré el desafío.

    II

    Muchos serán los que creen que La memoria infinita es un título metafóricamente bello; yo soy de los que lo califican como un título soberbio: todo lo humano es perecedero; “infinito”, por tanto, no es una palabra que esté reservada a los humanos, sino sólo a los dioses.

     Dominar el Infinito es suponer que dominamos el Tiempo; si eso no es soberbia, entonces la soberbia nunca ha existido.

    Pero luego comienza el documental y la dolorosa sublimidad de las imágenes nos conmueve de tal manera que entonces no podemos evitar que nuestra alma escéptica sea embrujada por la ilusión de que no todo lo humano es perecedero; por la maravillosa e ingenua ilusión de que la memoria humana es, efectivamente, infinita…

    Basta rememorar esas escenas estremecedoras en las que Góngora –perdido en la espesa bruma de su alzheimer– parecía haber olvidado para siempre el semblante de su esposa. Hasta que, de pronto, el pálpito desenfrenado de sus sienes se apaciguaba… Él, entonces, volvía a mirarla con ojos chispeantes de ternura. Él, entonces, volvía a decirle “te amo”.

    De seguro que el demonio del alzheimer experimentaba el amargo sabor de la frustración al verse incapaz de asfixiar la llama de amor que, porfiadamente, asombrosamente, persistía ardiendo en la memoria del periodista.

    Tal vez el amor sea la verdadera memoria infinita. Tal vez el amor sea la prueba irrefutable de que una pequeña parte de los dioses habita en nosotros.

    III

    Pero, a fin de cuentas, no sería más que una pequeña parte. Y una parte, por cierto, muy frágil. Pues el amor podrá burlar al alzheimer, pero jamás a la Muerte.

    Cuando una persona muere, muere también el amor que latía dentro de esa persona. Porque el amor vive en el cuerpo; el cuerpo es la casa del amor. El amor, sin cuerpo, está condenado a sucumbir en la fría intemperie del vacío.

    Así pues, si no hay carne, no hay amor. El corazón de Góngora dejó de palpitar y ahora él ya no puede recordar, o lo que es igual, ya no puede amar.

    El amor no es, por tanto, infinito; el amor es, simplemente, humano.

    Y como todo lo humano, el destino del amor no es otro que desaparecer en los insondables abismos de la Nada.

    Aseverar lo contrario equivaldría a decir que el amor –a despecho del cuerpo– continuará viviendo en aquel misterioso Más Allá de las fronteras de la carne, alimentado por el aire sobrenatural de la Eternidad.

    En tal caso, La memoria infinita se volvería un título todavía más soberbio, puesto que vendría a plantearnos que la memoria humana (manifestada en el amor) dominaría no sólo el Tiempo, sino también la Muerte.

    IV

    Hipótesis soberbia, sí, pero sobre todo bella. ¿Qué importa si es verdadera o no? La belleza, en la metafísica, es más importante que la verdad. Porque la metafísica no es propiedad de la ciencia; la metafísica, en realidad, es una rama del arte.

    Una doctrina metafísica tiene valor en la medida en que logra embriagarnos con la esperanza estética de un mundo ultraterreno; esa embriaguez alivia, aunque sea por unos segundos, nuestro miedo al olvido.

    Sin ese licor artificioso, la desazón sería intolerable: ¿para qué vivir si tarde o temprano las piedras preciosas de nuestro pasado se convertirán en polvo?

    V

    Al comienzo de La memoria infinita, Silvio Rodríguez –bajo el ritmo suave y melancólico de su guitarra– se pregunta: ¿A dónde van las palabras que no se quedaron? / ¿A dónde van las miradas que un día partieron? / ¿Acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón? / ¿O se acurrucan entre las rendijas, buscando calor?

    ¿A dónde irán a parar nuestros recuerdos? ¿A dónde habrán volado los dulces suspiros de esa noche mágica en que fuimos Uno, a dónde las ardorosas lágrimas de esa mañana repugnante en que sentí vergüenza de respirar, a dónde el éxtasis de mis ojos al contemplar ese atardecer íntimo frente al mar?

    ¿A dónde van?

    Esa incertidumbre –agobiante e irresoluble– ha trastornado la conciencia de los hombres desde el origen de los tiempos; para anestesiarla, fue preciso inventarnos un Más Allá, uno en donde la memoria humana pudiera erigirse sobre cimientos firmes y perennes, uno en donde la memoria humana pudiera ser inmortal.

    VI

    Como ya se ha dicho, la metafísica es, en gran medida, arte. Sí: la doctrina del filósofo puede llegar a arrancarle a nuestras almas orgasmos tan intensos como lo hace el verso del poeta.

    Ahora bien, esos orgasmos estéticos pueden alcanzar cielos inigualables cuando la racionalidad filosófica y el desenfreno poético se funden en una sola pluma, pluma que se vuelca dichosamente sobre el papel para transmutar en bellos símbolos las pulsiones metafísicas que brotan de la sangre humana.

    Uno de los máximos representantes de esta noble estirpe de filósofos–poetas es Quevedo. En el siglo XVII, el colosal escritor hispano dijo a través de un soneto que la memoria del amor es tan poderosa que logrará cruzar indemne el río de la muerte, quebrantando así –con fogosa insolencia– la estricta Ley del Olvido que pesa sobre los hombres: Cerrar podrá mis ojos la postrera / sombra que me llevare el blanco día…  / mas no, de esa otra parte en la ribera / dejará la memoria en donde ardía: / nadar sabe mi llama la agua fría / y perder el respeto a ley severa.

    Dos siglos después, Borges también se valió del verso para expresar su fe en un mundo ultraterreno; un mundo en el cual el Olvido no tenía lugar; un mundo en el que las piedras preciosas de nuestro pasado brillarán por siempre: un mundo cuyo nombre es Eternidad: Sé que una cosa no hay. Es el olvido; / sé que en la eternidad perdura y arde / lo mucho y lo precioso que he perdido: / esa fragua, esa luna y esa tarde.

    Ambas poesías se alzan sobre la misma ilusión metafísica: la ilusión de que la memoria humana es infinita.

    Sólo sabremos si es infinita cuando la Muerte cierre nuestros ojos; ese sí que es un problema. Aunque, en caso de ser finita, no importará. De hecho, ni siquiera nos daremos cuenta. Porque ya habremos dejado de existir. Porque ya habremos pasado de “ser” a “no–ser”. Porque ya nuestra memoria se habrá disuelto en los precipicios de la Nada.

    Pero la poesía (lo mismo que la metafísica) no tiene nada que ver con la verdad (al menos, no con la “verdad” de la ciencia). Quevedo y Borges no han pretendido establecer leyes rigurosas sobre el universo; la ambición de sus versos no es otra que la de aplacar nuestro atávico pavor a la Nada. ¿Cómo? Hechizando nuestra imaginación, sometiéndola a una extática perplejidad.

    Yo, sin embargo, quisiera proclamar la existencia de una segunda memoria infinita: una más modesta, pues no deposita su esperanza en patrias celestiales; una más romántica, pues –aunque lucha incansablemente contra el Tiempo– sabe de antemano que su destino es la derrota.

    Más aún: creo que Augusto Góngora no sólo era ferviente partidario de esa otra memoria infinita, sino que además era cultivador de ella.

    Me refiero a la memoria de las letras, me refiero a la memoria de las imágenes.

    VII

    Tal vez, la fe de Góngora en esa memoria nació bajo el influjo aciago de la dictadura.

    Tal vez, en el frenesí de la represión, su instinto periodístico se preguntó: ¿Cómo puedo evitar yo que las postales de la barbarie sean succionadas por los negros pozos del Olvido?

    Tal vez, atormentado por esa pregunta, le pidió consejos a su instinto moral. Con voz severa, su instinto moral le habrá advertido que la respuesta en ningún caso podía ser de orden metafísico; frente a episodios de derechos humanos, le argüiría, sería una frivolidad inconcebible aferrarse a seductoras promesas religiosas, como lo sería –por ejemplo– aquella ensoñación borgeana de un hipotético paraíso en donde el fuego de nuestra memoria (esa fragua, esa luna y esa tarde) ardería eternamente…

    Sin embargo, pese a la advertencia del instinto moral, la solución que el instinto periodístico concibió no fue muy diferente a la que varios siglos antes (y en un reino muy, muy lejano) había concebido ya otro poeta: un tal Shakespeare. En uno de sus sempiternos Sonetos, el mítico genio inglés se preguntó cuál sería el mágico secreto para enraizar la belleza de su amado en los jardines de la eternidad: ¿Qué opondrá el aliento veraniego / al despiadado embate de los días / si el tiempo tumba pórticos de hierro / y ni la roca aguanta su embestida? En el último terceto, el poeta aventura una respuesta que –para regocijo de mortales– no es divina, sino terrenal, cotidiana, prodigiosamente humana: No salvará a mi amor sino un milagro: / que impreso en tinta negra brille tanto.

    Góngora, como Shakespeare, también acordó un pacto con la escritura, mas no para “salvar el amor”, sino para inmortalizar la aflicción; urgido por el asedio del Olvido, el periodista forjó, junto a un grupo de colegas, La memoria prohibida, una extensa crónica cuya investigación se desarrolló en la década del 80 y cuyas páginas retratan episodios icónicos del ocaso de la Unidad Popular y del nacimiento del régimen militar.

    La perplejidad ante la tenaz persistencia de las letras sobre el papel lo habrá conducido a descubrir, años más tarde, la memoria de las imágenes. Acaso ese fue el condimento que más lo sedujo del proyecto Teleanálisis; a través de aquel noticiero clandestino, Góngora –acompañado de un nuevo equipo de corajudos reporteros– perpetuó con una cámara y un micrófono un sinfín de caras y voces anónimas que encarnaban la pesadumbre de una patria devenida en cenizas.

    El tiempo pasaba, pero letras e imágenes, increíblemente, quedaban. Llegó la democracia y él, asombrado por la inmortalidad que el periodismo le había conferido a la aflicción, comprendería que ya era momento de inmortalizar el amor. Habrá sido entonces cuando adquirió su preciada cámara de vídeo portátil…

    Con esa cámara –cuyas grabaciones aparecen a lo largo del documental– eternizó alegrías de Año Nuevo, aventuras románticas por paraísos australes, la edificación de su hogar, la coronación de un vínculo de veinte años a través de una ceremonia nupcial… Escenas en las que sólo cambiaba el decorado, puesto que siempre permanecía la misma protagonista, ella, su esposa, su amor, la Paulina…

    De esta manera, Góngora parecía no sólo apropiarse del último terceto de Shakespeare, sino también de actualizarlo: No salvará a mi amor sino un milagro: / que impreso en “imágenes vivas” brille tanto.

    VIII

    Cuenta Maite Alberdi que, al principio, Paulina Urrutia se oponía rotundamente a la realización de La memoria infinita. “Acá no hay historia de amor que filmar”, sentenciaba. Por razones obvias, ella no quería que su esposo fuera expuesto ante el mundo padeciendo aquel ingrato trastorno cerebral cuya consecuencia es la confusión y el olvido.

    Todo cambió, sin embargo, una tarde en que almorzaban los tres: la actriz, el periodista, la cineasta. En el momento en que se disponían a comer, el periodista intentó agarrar su tenedor, pero el temblor incesante de su mano se lo impidió. Tras suspirar amargamente, clavó sus ojos en su esposa y le dijo: “¿Por cosas como estas no quieres filmar? ¿Te da vergüenza que yo no pueda agarrar un tenedor?” Guardó silencio, volvió a suspirar. “A mí no me da vergüenza”, prosiguió. “Yo no tengo miedo de mostrar mi fragilidad”.

    Acorralada, la actriz no tuvo más opción que darle el ansiado “sí” a la cineasta, aunque sin llegar a comprender las razones de por qué su marido se mostraba tan entusiasmado frente a un proyecto que se vislumbraba tan incómodo; de aceptarlo, la intimidad matrimonial se vería desgarrada por la irrupción de una cámara ajena cuyo propósito sería filmar las puñaladas –cada vez más hondas– que el alzheimer prometía asestarle al amor.

    Pasó el tiempo y Góngora murió; el periodista no alcanzó a atestiguar cómo La memoria infinita se transformaba en el documental más exitoso en la historia del cine chileno; tampoco pudo atestiguar cómo su esposa, al momento de ver por primera vez la obra, lloraba a la luz de una deslumbrante revelación; Maite Alberdi lo explica así: “La Paulina dice que entendió a Augusto luego de ver la película; entendió, al fin, por qué Augusto quiso hacerla”.

    ¿Qué fue lo que “entendió” Paulina?

    La respuesta ya fue esbozada; conviene, sin embargo, repetirla una vez más: No salvará a mi amor sino un milagro: / que impreso en imágenes vivas brille tanto.

    IX

               

    Él parecía aceptar con admirable serenidad el carácter perecedero de la memoria humana. Admirable, porque ha de ser difícil no turbarse ante la fría certeza de que hoy o mañana nuestros recuerdos serán arrastrados por las prófugas aguas del Tiempo. Y, sin embargo, Góngora le dijo a su mujer amada que no tenía miedo de enseñarle al mundo su fragilidad…

    No era la primera vez, en todo caso, que exhibía tal coraje: años antes le había revelado a todo Chile –a través de una entrevista a una prestigiosa revista nacional– su diagnóstico de alzheimer. Pudo haber optado por el silencio, pero ese jamás fue su estilo; pudo haber optado por esconderse en las sombras de su privacidad, pero eso habría sido absurdo para alguien que parecía tener perfectamente claro que la “fragilidad” es una cualidad inherente a la memoria humana; negar la fragilidad es, derechamente, negar la condición humana.

    La pregunta es: ¿sobre qué pilar vigoroso se afianzaba esa tranquilidad suya, esa estoica resignación ante los designios del Olvido?

    Poseído por los caprichos de mi imaginación, yo afirmo que esa tranquilidad, esa estoica resignación, es propia de alguien que ha descubierto una memoria superior; una memoria que es inmune a las confabulaciones del Olvido; una memoria comparable a un cofre de hierro que promete mantener a salvo nuestros recuerdos frente a la corrosión del Tiempo: esa memoria prominente, esa bóveda inquebrantable, no es otra que la memoria de las letras, no es otra que la memoria de las imágenes.

    X

    Esto, querido lector imaginario, nos lleva de vuelta al principio, a la escena que da inicio a este ensayo:

    El periodista está en su biblioteca, raudales de lágrimas resbalan por los pálidos surcos de sus mejillas, agitada su respiración, sudorosa su frente, desbocado su corazón, aterrado todo su Yo frente al rostro invisible de un poderoso enemigo que amenaza con robarle hasta el último de sus adorados libros; sentada a su lado, la esposa intenta –vanamente– calmarlo…

    ¿Por qué llora Góngora?

    “Sólo es una desorientación mental, muy propia entre quienes padecen alzheimer”, responderá –tal vez– el neurólogo.

    Y sí, es muy probable que el neurólogo tenga razón, al menos desde una óptica médica.

    Este no es, sin embargo, un artículo sobre medicina.

    Porque la medicina no me basta; su lenguaje científico es demasiado pobre, demasiado superficial (pido perdón por tanta arbitrariedad) para acceder a las verdades del alma. Y sucede que esa es, justamente, mi monumental codicia: rozar el alma del difunto Góngora…

    Por eso yo (que no soy neurólogo, ni filósofo, ni poeta, ni… ¿qué mierda se supone que soy?) quisiera ofrecer una segunda hipótesis, acaso más espiritual, acaso más literaria, acaso más embustera:

    Dejándome llevar por el místico olfato de mi instinto, digo que las lágrimas de Góngora no son hijas de una mera desorientación; el alzheimer, en realidad, parece haber actuado como una aguja demoníaca que ha perforado la cabeza del periodista para contaminar su conciencia de un terror hasta entonces desconocido para él… Ese terror –perturbadoramente innombrable– es el verdadero origen de sus lágrimas. 

    La siguiente pregunta está cantada: ¿cuál es ese terror?

    “Tengo miedo… No quiero que se vayan más”, chillaba Góngora mientras sus ojos –resquebrajados de pena– se deslizaban a lo largo de los amplios anaqueles colmados de libros… ¿Por qué?

    Quizá, en el crepúsculo de su existencia, él descubrió una verdad inquietante, amarga, terrible: los libros también pueden desaparecer…

    Y acaso esta verdad lo condujo a otra peor: los libros son creaciones humanas, de manera que –como todas las cosas humanas– también están condenados a morir…

    En tal caso, la memoria infinita de las letras y la memoria infinita de las imágenes (representadas maravillosamente en la biblioteca) no serían, en realidad, infinitas. 

    Revelación insoportable, sí, puesto que si mueren los libros, mueren también las almas que pueblan los libros: “Los libros soy yo y los amigos”.

    La muerte de los libros, por tanto, es su propia muerte, y también la de sus seres queridos.

    “Si se los llevan [los libros], yo no puedo estar…”

    Espero, de todo corazón, que esa idea atroz (“la muerte de los libros”) no haya martirizado la cabeza de Góngora en sus postreros segundos de vida…

    Mi compasión, al menos, quiere persuadirme de lo contrario; quiere persuadirme de que él tuvo un final feliz.

    Y así me consuelo… 

    Me consuelo pensando que la agonía de Góngora estuvo templada por dulces esperanzas metafísicas.

    Me consuelo pensando que hasta el último aliento Góngora confió en la eternidad de las letras y las imágenes.

    Me consuelo pensando que hasta el último aliento Góngora confió en la posteridad de los reportajes que le heredó al país.

    Me consuelo pensando que hasta el último aliento Góngora confió en la existencia perpetua de ese lector o televidente curioso dispuesto a darle vida a sus obras.

    Me consuelo pensando que hasta el último aliento Góngora confió en que la pluma y la cámara habían sido sus mejores armas en su dura pero exitosa batalla contra el Olvido.

    Me consuelo pensando que hasta el último aliento Gongora se sintió felizmente satisfecho de abandonar esta vida siendo (literalmente) el protagonista de la película de su vida.

    Me consuelo pensando que si ese último aliento se pudiera traducir en palabras sería: “Lo logré, Pauli; logré inmortalizar nuestro amor”.

    Me consuelo pensando que Góngora concibió ese último aliento como la antesala del instante en que conocería, finalmente, el deslumbrante engranaje divino de la verdadera Memoria Infinita.

    Me consuelo pensando que Góngora nunca perdió ese optimismo, nunca perdió esa ingenuidad.

    Me consuelo pensando que ese optimismo y esa ingenuidad fueron los antídotos que le permitieron morir en paz.

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