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    Estudio lo confirma: Así funciona el castigo laboral para las mujeres gordas en Chile

    “Una mujer obesa gana alrededor de un 10 por ciento menos por hora que una mujer de peso normal con características similares”, dice el estudio liderado por investigadores de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Talca. “En los hombres, en cambio, aparece una prima salarial para el sobrepeso (del orden del 4 por ciento)”.  Por Dana Davis

    Mauricio Sarrias y Víctor Iturra, académicos de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Talca, han estudiado acuciosamente el tema de la obesidad en el mercado laboral chileno y han descubierto que las mujeres ganan menos por ser obesas sin importar su nivel de desempeño.

    El académico Mauricio Sarrias.

    El académico Víctor Iturra.

    Así se desprende de su paper “The Double Burden of Being a Woman and Obese: Evidence from the Chilean Labor Market” (“La doble carga de ser mujer y obesa: evidencia del mercado laboral chileno”), publicado en la revista Feminist Economics, y que aborda esta dimensión desde una pregunta directa y políticamente relevante: ¿existe una penalización salarial asociada al exceso de peso en Chile y, si existe, afecta de la misma manera a hombres y mujeres?.

    La respuesta que entrega el estudio es clara y metodológicamente exigente: el mercado laboral chileno castiga salarialmente a las mujeres por su peso corporal, mientras que a los hombres no sólo no los castiga, sino que en ciertos rangos incluso los premia. Esta diferencia no es menor ni circunstancial, y persiste incluso después de aplicar varios enfoques estadísticos diseñados para descartar explicaciones alternativas.

    Mauricio Sarrias y Víctor Iturra son economistas chilenos que, tras su doctorado en EE.UU., comenzaron a realizar en conjunto trabajos de investigación sobre sus disciplinas de interés: por ejemplo, estudiar lo que la gente hace para vivir. El profesor Sarrias es un prolífico escritor en temas de econometría aplicada y economía de la salud, entre otras áreas (con más de 30 publicaciones en las revistas más prestigiosas del mundo en los últimos años) y el profesor Iturra, con una presencia como autor no menos relevante en temas de mercados laborales locales, economía urbana y desigualdades espaciales, actividad que combinada con su cargo como académico y Director de la Escuela de Postgrado de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Talca. 

    Entendiendo que salud y trabajo entregan información relevante sobre el bienestar de las personas, empezaron un estudio al mercado laboral chileno que utilizó la Encuesta de Protección Social, una de las bases más completas disponibles en Chile, para analizar trayectorias laborales. Se estudian cuatro olas de la encuesta (2004, 2006, 2009 y 2015), lo que permite observar a las mismas personas en distintos momentos. Esto es importante: no se trata sólo de una “foto” del mercado laboral, sino de evidencia con dimensión temporal.

    La muestra final incluye más de 11 mil personas asalariadas entre 20 y 65 años, excluyendo estudiantes, jubilados, trabajadores por cuenta propia y mujeres embarazadas. El peso corporal se mide mediante el índice de masa corporal (IMC) y también mediante categorías clínicas estándar (peso normal, sobrepeso y obesidad).

    El primer hallazgo: una brecha que depende del género

    El profesor Iturra indicó: “Cuando comenzamos este estudio no lo hicimos pensando en estos hallazgos, sino que, luego de analizar los datos, todos indicaba que había un castigo en los salarios de las mujeres con sobrepeso. El análisis inicial muestra un patrón consistente: a mayor peso corporal, menores salarios para las mujeres. Una mujer obesa gana alrededor de un 10 por ciento menos por hora que una mujer de peso normal con características similares. En los hombres, en cambio, aparece una prima salarial para el sobrepeso (del orden del 4 por ciento), que se diluye a medida que el IMC se ubica en niveles más altos”. 

    Este resultado no es una simple correlación. Los autores estiman modelos salariales estándar en economía laboral con controles extensivos. En particular, usan una especificación conocida en economía como tipo Mincer, que es el enfoque clásico para modelar salarios en función del capital humano: educación y experiencia laboral. En términos simples, esto permite comparar personas con educación y trayectoria laboral similares, de modo que la brecha estimada no se explique por “estudió menos” o “trabajó menos”, sino por factores adicionales.

    ¿Es sólo ideología de género?

    La respuesta robusta es: no. Los números hablan, no es sólo una sensación ni una idea, tener dificultades vitales al ser mujer y gorda. En investigación empírica, un resultado es robusto cuando se mantiene al cambiar medidas, supuestos y métodos razonables. El trabajo de los profesores Sarrias e Iturra destaca precisamente por eso: no se queda en una sola estimación, sino que somete el hallazgo a pruebas sistemáticas. Va mucho más allá de una idea preconcebida desde la inequidad de género.

    Primero, prueba distintas formas de medir el peso: IMC continuo, peso en kilogramos (controlando por estatura), logaritmo del IMC y definiciones relativas dentro de la distribución de peso. En todas, la penalización femenina se mantiene.

    Segundo, se toman en serio un problema clave: no basta con ver que, en promedio, las mujeres con mayor peso ganan menos, porque eso no prueba qué causa qué. Es posible que el peso influya en el salario (por estigma o trato distinto en el trabajo), pero también es plausible lo contrario: que salarios más bajos aumenten el riesgo de subir de peso, por ejemplo, porque una persona con menos ingresos tiene menos margen para comprar alimentos más saludables, vive más estrés o dispone de menos tiempo para actividad física si combina varios trabajos o traslados largos. 

    Para enfrentar esa “doble dirección” posible, estos investigadores usan tres estrategias complementarias: primero, modelos de panel (efectos fijos y aleatorios). Siguen a las mismas personas en distintos años y permiten, en términos simples, comparar a cada persona consigo misma en el tiempo, descontando rasgos estables como ciertas habilidades o características personales; segundo, variables instrumentales, que buscan aprovechar variación del peso que no dependa directamente del desempeño individual para aislar mejor el vínculo entre peso y salario; y tercero, técnicas de emparejamiento (matching), que funcionan como una comparación “lo más parecida posible”: se contrasta el salario futuro de mujeres que pasan a obesidad con el de otras mujeres muy similares en edad, educación y trayectoria laboral, pero que no pasan a obesidad, como si se construyera un “grupo espejo” para aproximarse a qué habría ocurrido sin ese cambio de peso. 

    Lejos de debilitar el hallazgo, estas pruebas tienden a reforzarlo: los resultados sugieren que estimaciones simples pueden mostrar que el castigo por tener obesidad en el salario de una mujer es menor al que realmente es, y que el efecto para hombres es nulo o no significativo cuando se examina con mayor exigencia en el tiempo. Ser más exigentes en el análisis sólo muestra que el castigo en el salario por el sólo hecho de tener obesidad a una mujer es mayor.

    Lo que no explica la brecha

    Sarrias comenta: “Una parte clave del estudio consiste en mostrar que, la diferencia no parece deberse a que las mujeres obesas ‘rindan menos’ por salud o por ausentarse más: incluso controlando por esos factores, la brecha casi no cambia. Eso sugiere que el castigo salarial está más asociado a cómo el mercado laboral trata el peso en las mujeres —estigma, normas y tipo de ocupación— que a una menor productividad medible.

    También revisan otra explicación frecuente: que la brecha se deba a diferencias en rasgos personales o decisiones individuales”. Para aproximarse a eso, incorporan una medida de aversión al riesgo como indicador de ciertos patrones de conducta. Pero el resultado es similar: al incluirla, la parte más grande de la brecha para mujeres prácticamente no se mueve, lo que refuerza la idea de que el problema no está en “cómo son” ellas, sino en cómo opera el mercado laboral frente a ellas.

    Cómo funciona el mercado laboral chileno: segregación ocupacional y “premio a la belleza

    Para entender el “por qué”, el estudio entra al terreno más revelador: la segregación ocupacional. La hipótesis es que el mercado no castiga de igual forma en todos los trabajos. En ocupaciones donde la apariencia y la interacción social son más valoradas (en particular, trabajos de cuello blanco y alta calificación), el castigo puede ser mayor.

    Los autores usan herramientas estadísticas (descomposiciones Oaxaca-Blinder) para separar cuánto de la brecha salarial entre mujeres obesas y no obesas se explica por características observables y cuánto queda como residual. O sea, separan la brecha salarial en dos partes: una que sí se puede explicar por diferencias visibles, como educación, experiencia o tipo de trabajo, y otra que queda incluso cuando esas diferencias se igualan.

    En el caso de las mujeres, una parte grande del castigo salarial por obesidad pertenece a esta segunda categoría: no se explica por productividad observable. Además, muestran que cuando se considera cuántas personas obesas hay en cada ocupación, esa parte “inexplicable” se reduce, lo que indica que importa mucho en qué trabajos terminan concentradas las mujeres. El castigo es especialmente fuerte en empleos de alta calificación y de oficina, donde la apariencia pesa más y la brecha salarial no se justifica por diferencias objetivas.

    El punto no es que el paper “pruebe” discriminación en sentido jurídico, sino que muestra evidencia consistente con una forma en que el mercado laboral funciona: para mujeres, el peso se asocia a penalizaciones salariales que no se justifican por diferencias observables de capital humano o salud, y que se intensifican en segmentos donde la apariencia tiene mayor valor económico.

    Ser estudioso sí importa

    El trabajo científico es importante, porque nos permite mostrar evidencia sobre hechos que pueden ser descalificados o considerados como moda, aunque tengan un efecto real en el bienestar individual y social. Este trabajo importa por cuatro razones.

    Primero, aporta evidencia detallada en Chile, un contexto con tasas altas de obesidad y brechas de género persistentes.

    Segundo, contribuye a un debate que suele quedar reducido a salud: aquí se mide el costo económico y laboral del estigma.

    Tercero, muestra que el fenómeno es marcadamente asimétrico por género: el mismo rasgo corporal no tiene el mismo retorno (o castigo) para hombres y mujeres.

    Cuarto, abre una agenda de política pública más sofisticada: combatir la obesidad y combatir el estigma laboral no son sustitutos, y los hallazgos sugieren que las respuestas deben considerar estructura ocupacional y normas sociales, no sólo conductas individuales.

    La publicación de este estudio en una revista académica como Feminist Economics no es casualidad ni un trámite, implica someterse al escrutinio de la mayor exigencia internacional: pasar por revisión por pares, es decir, que especialistas externos evalúan si la pregunta aporta algo nuevo, si los datos son adecuados y representativos, si las variables centrales están bien medidas, si el método realmente permite responder lo que se pregunta y si los resultados se sostienen cuando se prueban con alternativas.

    También revisan que las conclusiones no se excedan: que el artículo distinga con cuidado entre evidencia consistente con discriminación y una “prueba” definitiva de discriminación. 

    El trabajo científico chileno que nos da alerta sobre este mal social estructural, combina una pregunta socialmente relevante con una estrategia empírica amplia y contrastada, entregando evidencia ordenada y difícil de desestimar en un tema donde suelen dominar intuiciones y juicios morales contra los que pareciera, debemos seguir argumentando. 

    Y hay un mérito adicional que vale la pena subrayar: que este trabajo lo lideren dos investigadores chilenos que vienen de regiones —Iturra desde Valdivia y Sarrias desde Antofagasta— y que, a través de formación académica exigente y dedicación sostenida, producen investigación de nivel internacional sobre problemas actuales del país. Ese esfuerzo no se queda en el currículum: puede beneficiarnos a todos, sobre todo a quienes cargan con costos que van mucho más allá del estigma, las dietas o la edad, y que se acumulan con las dificultades concretas e históricas de ser mujer en el mercado laboral chileno.

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