Murió Robert Duvall a los 95 años y con él se va un intérprete que estuvo, literalmente, en dos de los cimientos del cine moderno: el crimen operático de Francis Ford Coppola y la ciencia ficción deshumanizada de George Lucas. No todos los actores pueden decir que ayudaron a definir tanto a la familia Corleone como al ADN visual y temático que décadas después desembocaría en Star Wars. Duvall sí.

En The Godfather y The Godfather Part II, Duvall encarnó a Tom Hagen, el consigliere adoptivo de los Corleone: un hombre sin sangre italiana pero con la lealtad y la frialdad necesarias para administrar un imperio criminal. En una saga poblada por interpretaciones volcánicas, la suya fue hielo puro. Mientras otros personajes gritaban o mataban, Hagen persuadía, negociaba y —cuando era necesario— amenazaba con cortesía quirúrgica.
Su poder estaba en la contención. Bastaba una mirada incómoda o una frase dicha en tono bajo para dejar claro que el verdadero peligro no siempre es el que dispara, sino el que decide quién lo hará. Para muchos cinéfilos, Hagen es el personaje más realista de toda la trilogía: un abogado atrapado en una familia que funciona como Estado paralelo.


Pero antes de ser el cerebro legal de la mafia más famosa del cine, Duvall fue el rostro de una de las distopías más inquietantes jamás filmadas. En THX 1138, debut cinematográfico de George Lucas, interpretó a un ciudadano reducido a código en una sociedad subterránea donde las emociones están prohibidas y la individualidad es un error del sistema.
Cabeza rapada, mirada vaciada de humanidad y un tono de voz casi anestesiado: su actuación convirtió al personaje en un símbolo del individuo aplastado por la tecnocracia. La secuencia final —ese ascenso hacia la superficie y la luz, perseguido por policías mecánicos que calculan costos antes de capturarlo— es una de las imágenes más potentes de la ciencia ficción setentera.
Vista hoy, la película parece un cruce anticipado entre Orwell, Kubrick y el propio Lucas posterior, y Duvall es el ancla emocional que hace creíble ese mundo clínico y aterrador.
Si Coppola lo convirtió en estratega mafioso y Lucas en mártir futurista, el propio Coppola volvería a transformarlo en mito bélico con el coronel Kilgore de Apocalypse Now. Con sombrero de caballería, altavoces lanzando Wagner y helicópteros arrasando una playa para que sus soldados puedan surfear, Duvall creó uno de los personajes más delirantes y citables de la historia del cine. Su monólogo sobre el napalm al amanecer no solo define al personaje: define toda la locura de la guerra vista por Hollywood tras Vietnam.
A lo largo de su carrera también encarnó figuras paternas destructivas como el piloto autoritario de The Great Santini y almas cansadas en busca de redención como el cantante country de Tender Mercies, papel que le valió el Oscar al Mejor Actor. Mucho antes, ya había aparecido como el enigmático Boo Radley en To Kill a Mockingbird, casi una presencia fantasmal que anticipaba su capacidad para dominar escenas con mínimos gestos.
Duvall pertenecía a una generación formada en teatro y obsesionada con la verdad emocional. No era un galán ni necesitaba serlo: su autoridad provenía de parecer siempre alguien real, incluso cuando el contexto era operático, surrealista o directamente pesadillesco.
Murió a los 95 años, pero deja algo más duradero que premios o filmografías extensas: dejó momentos incrustados en la memoria colectiva del cine. Un despacho donde se decide la guerra entre familias. Un mundo blanco donde sentir es ilegal. Una playa en llamas donde alguien decide surfear.
Pocos actores han estado presentes en tantas piedras angulares del cine estadounidense. Menos aún lo hicieron sin necesidad de protagonizarlo todo. Robert Duvall fue, como Tom Hagen, el hombre que estaba detrás, sosteniendo la estructura… hasta que uno se daba cuenta de que sin él nada funcionaría.

Decir que fue “el actor de El Padrino” es quedarse corto. En The Godfather y The Godfather Part II, Duvall interpretó a Tom Hagen, el consigliere que parecía más peligroso cuanto más calmado hablaba. Su rostro imperturbable mientras negociaba amenazas o le explicaba a Michael Corleone que la guerra era inevitable es parte del ADN del cine moderno. Sin disparar un arma, dominaba la habitación.
Luego vino el delirio bélico de Apocalypse Now, donde encarnó al coronel Kilgore, probablemente el militar más surrealista jamás filmado: un comandante que bombardea una playa para poder surfear mientras suena Wagner. La frase sobre “el olor del napalm por la mañana” quedó grabada en la historia no solo por lo que dice, sino por cómo Duvall la pronuncia: como si describiera un perfume caro.
Ese talento para encarnar figuras autoritarias y moralmente ambiguas también explotó en The Great Santini, donde fue un piloto de la Marina tiránico, violento y a la vez trágicamente humano. Su Bull Meechum no es un villano caricaturesco: es un hombre roto que ama a su familia sin saber cómo hacerlo. La actuación le valió una nominación al Oscar y consolidó su reputación como uno de los intérpretes más intensos de su generación.
Pero si hubo un papel que reveló su capacidad para la vulnerabilidad absoluta fue Mac Sledge en Tender Mercies, un cantante country alcohólico en busca de redención. Sin grandes gestos ni discursos grandilocuentes, Duvall construyó un retrato devastador del arrepentimiento y la dignidad tardía, actuación que le otorgó el Oscar a Mejor Actor.

Antes incluso de consolidarse como estrella, Duvall ya había participado en una de las películas de ciencia ficción más influyentes del cine moderno: THX 1138, el debut de George Lucas. Allí interpretó al protagonista de una distopía aséptica y opresiva, un hombre reducido a un código en un mundo donde las emociones están prohibidas y la individualidad es un delito. Su cabeza rapada, su mirada vacía y su progresiva toma de conciencia anticipaban muchas de las obsesiones futuristas que décadas después dominarían el género, desde la vigilancia total hasta la deshumanización tecnológica.
Mucho antes de todo eso, ya había dejado huella como el misterioso Boo Radley en To Kill a Mockingbird, apareciendo casi como una figura fantasmagórica al final de la película. Años después demostraría que también podía sostener historias completas desde el centro del encuadre, como el predicador caído y furioso de The Apostle, proyecto personal que además escribió y dirigió.

En televisión y westerns tardíos volvió a robarse cada escena, especialmente como Gus McCrae en Lonesome Dove, personaje que el propio actor consideraba entre sus mejores trabajos.
Duvall no era un galán clásico ni necesitaba serlo. Su poder estaba en la autenticidad: podía ser mafioso, militar, predicador, cowboy o cantante fracasado y siempre parecía alguien que existía antes de que la cámara llegara. Por eso acumuló siete nominaciones al Oscar, múltiples Globos de Oro, un Emmy y una reputación casi unánime como uno de los intérpretes más sólidos del cine estadounidense.
Robert Duvall se va, pero deja algo raro incluso entre leyendas: no solo grandes películas, sino escenas que parecen haber existido siempre. El silencio tenso de una oficina mafiosa, un helicóptero cruzando el cielo al ritmo de “La cabalgata de las valquirias”, un padre incapaz de decir “te quiero”, un predicador gritando contra el cielo… y un hombre escapando hacia la luz en un futuro donde ser humano estaba prohibido.
Como los grandes actores de verdad, no interpretaba personajes: los habitaba. Y ahora su legado queda proyectado para siempre, en loop, como una de esas películas que no se terminan cuando se encienden las luces de la sala.— durante mucho tiempo.

