

Pedro Lemebel estaría profundamente orgulloso de “La misteriosa mirada del Flamenco”, de Diego Céspedes y ganadora del Premio Un Certain Regard en Cannes, porque la película habita exactamente el territorio humano y político que él defendió toda su vida.

La historia transcurre en los años 80s en un pueblo minero del desierto del norte de Chile, donde una niña llamada Lidia (Tamara Cortés) crece en el seno de una familia queer marginada, con una travesti llamada Flamenco (Matias Catalán) como madre adoptiva. Ese escenario y esos cuerpos — travestis, homosexuales, pobres, empujados a los márgenes de Chile durante la dictadura — son los mismos que Lemebel convirtió en materia literaria y política durante décadas.

La película además aborda el VIH/SIDA como lo que siempre fue: no una enfermedad sino una herramienta de persecución y estigmatización.
En el relato, una enfermedad desconocida se propaga y se acusa a los homosexuales de transmitirla a través de sus propias miradas, una paranoia social que Lemebel vivió en carne propia y denunció sin tregua en sus crónicas. Ver esa historia finalmente contada desde adentro, con dignidad y belleza, sería para él una reivindicación largamente esperada.
Y quizás lo que más lo hubiera emocionado es la valentía estética de la propuesta. La crítica la describe como un western queer sobre el amor a la intemperie, una fábula en el fin del mundo de libertad y cuerpos plenos. Ese lenguaje resuena directamente con su poética, porque Lemebel siempre insistió en que lo queer latinoamericano no era una importación anglosajona sino algo propio, telúrico, mestizo y feroz.
“La misteriosa mirada del Flamenco” hace exactamente eso: pone en el centro de la historia chilena a quienes el poder siempre quiso borrar, y lo hace con la misma insolencia lírica que él hubiera aplaudido de pie.

