La licenciada en Filosofía Carolina Pacheco nos entrega este brillante ensayo sobre el rol de lo femenino y del deseo y la sexualidad en “Nosferatu” de Robert Eggers. “Mis intenciones con este análisis no son de posicionar a Ellen (la protagonista) como un ícono feminista, ni mucho menos de empoderamiento, creo personalmente que ella está en una posición ambigua que oscila entre las categorías de sujeto, objeto (de deseo) y abyecto (lo monstruoso femenino)”, escribe la autora mientras disecciona una de las mejores cintas de horror de los últimos años.
Desde que vi Nosferatu (2024) de Robert Eggers, no he dejado de pensar en los niveles de análisis que se pueden hacer de esta película. Y miren, no es mi filme favorito de 2024, ni de cerca, pero sí es una obra hecha con meticulosidad, que reinterpreta una producción que tiene ya 100 años, y cuyo primer remake, Nosferatu (1979) por Werner Herzog no me gustó para nada. Debo decir que fui a verla demasiado sobre estimulada por la figura del Conde Orlok, así que a ciertos momentos se me hizo algo redundante volver a revisar la historia. Pero aun así fue una sorpresa: el mito que se construye sobre el monstruo es interesante y re-visiona la historia desde nuevos puntos de vista dándole una frescura importante a los personajes.
Así que sí, se trata de un filme muy relevante, no obstante, también quiero predicar la cautela: la narración a veces puede resultar poco orgánica ¿A qué me refiero? bueno, no se siente un relato tan fluido, la transición de los argumentos para llegar al objetivo principal muchas veces se ven mermados por la sobre explicación y la excesiva contemplación por un afán de construir tensión ¿Pero sabes qué? Se lo perdono porque la fruición de la historia en pantalla es muy grande.

Ahora bien ¿Qué me convoca a hacer este ensayo? La respuesta sencilla es que sobre pienso demasiado. La respuesta más compleja es que siento que es una película que puede ser diseccionada desde muchos aspectos, y por lo mismo, me puse a leer y ver mucho contenido de Nosferatu y monstruos en general, y llegué a diversas conclusiones bastante interesantes:
La película trata sobre el deseo, el poder y el control, que se ve desarrollado en cómo los personajes masculinos se relacionan con la protagonista. Algo que a simple vista podría leerse como otra película sobre la damisela en apuros perseguida por un monstruo, pero ¿habrá algo más allá de eso? En este punto yo me pregunto cómo se vinculan los personajes masculinos con los femeninos, o si estos últimos han quedado estancados en roles de género canónicos para las mujeres dentro del cine de terror clásico, pero más allá de esto ¿es acaso Ellen, la protagonista, un personaje femenino arquetípico dentro del relato gótico o transciende este rol hacia una categoría diferente?
El siguientee análisis irá en dos partes. La primera se hablará de dos personajes masculinos en profundidad: Thomas y Friedrich, donde se diseccionará su relación con Ellen, cuyo rol será diseccionado en la segunda parte de este trabajo. Ese será el momento para hablar de ella no como sujeto u objeto, sino que desde la categoría de lo abyecto.
- Esposos: de la envidia al deseo
Para comenzar, quiero que nos situemos en la siguiente escena: nos encontramos con Thomas y Friedrich brindando; Thomas le ha pedido a Friedrich que cuide de Ellen porque se irá de viaje a Transilvania para cerrar un negocio inmobiliario. Una gran aventura dice Friedrich feliz, y le pasa un cigarro de los que guardaba su abuelo. Friedrich envidia a Thomas por la posibilidad, y a su vez, Thomas envidia a Friedrich por su familia y su riqueza: él quiere eso para Ellen, y para él también. Friedrich le refuta, afirmando que la responsabilidad lo está agotando.
Al final, Friedrich tiene que mantener a flote un negocio heredado por su padre y su abuelo, y cuidar de su creciente familia. A pesar de que ama a su esposa e hijas, titubea y cambia el tema para contarle un secreto: su esposa Anna está embarazada de nuevo (según el contexto del filme, desean que sea un varón). Thomas lo felicita y Friedrich afirma que no puede “resistirse” a su esposa (en tono sexual), para luego preguntarle a su amigo cuándo tendrán hijos con Ellen. Thomas nervioso declara que cuando ya no sea pobre, cuando pueda pagarle lo que le prestó ya que aspira a la seguridad financiera.

Luego, mira a Ellen, preocupado. Y le dice a su compañero que ella le suplicó que se quedara, él teme que su “melancolía” esté regresando (previamente Ellen le había manifestado un sueño que tuvo donde ella se casaba con la Muerte y era feliz, él simplemente le dijo que no debía hablar de eso con nadie). Ellen ha tenido comportamientos parecidos en el pasado, eso le preocupa a Thomas pues puede arruinar sus oportunidades.
Puede que, a simple vista, esta sea solo una conversación expositiva, pero tenemos muchos elementos interesantes en esta interacción: por un lado, está el deseo de Thomas por tener riqueza y una buena posición social, por otro, Friedrich afirma envidiar la suerte de Thomas de poder viajar, algo que él ya no puede hacer por las responsabilidades bajo sus hombros.
Para Friedrich, el valor más destacable de su esposa es el accesorio, pero por sobre todo con un hincapié en lo reproductivo, arraigado a los roles patriarcales a los que se suele relegar a las mujeres (por un lado, la maternidad, por otro, el complacer a su esposo). Esto queda claro con las diversas insinuaciones sexuales que éste le hace a Anna en el transcurso de la película y el constante discurso sobre su labor como madre y esposa.
Quizás es por eso que el personaje de Friedrich pareciera ser poco interesante, porque es el clásico estereotipo de figura masculina de finales del siglo XIX, pero a su vez, es tan enriquecedor analizarlo, porque podemos hacer un paralelo en su forma de poseer a las mujeres de su vida con la del conde Orlok, como si Friedrich fuese un vampiro, pero de otra índole, enmascarado de hombre de buena posición social y familia tradicional burguesa.
Es interesante hacer el contraste: por un lado, Friedrich es un hombre joven de riqueza heredada por las inversiones y negocios marítimos. Por otro lado, Orlok es un antiguo aristócrata que ha vivido por cientos de años, es un cadáver pero que conserva su posición social y riqueza.
En ese sentido, ambos buscan preservar sus estilos de vida mediante el deseo y el control, haciendo uso de su estatus social y poder para llevar esto a cabo. Esta comparación culmina con una escena espeluznante: Anna y sus hijas han sido asesinadas por el vampiro, Friedrich pierde la cabeza, se escapa a la tumba de éstas y abre el sarcófago de su esposa.
Sus compañeros lo buscan y lo encuentran muerto, sobre el cuerpo de Anna, en una clara posición sexual, dándonos a entender que profanó el cuerpo de la mujer antes de morir encima de ella, haciendo una especie de paralelo con la escena final de la película donde Nosferatu muere en los brazos de Ellen, después de haber mantenido relaciones sexuales con ella. La posición en la que ambas parejas acaban es exactamente la misma, pero la diferencia fundamental es que, mientras Friedrich buscaba mantener su imagen de hombre ejemplar, su apetito termina en las sombras y en la oscuridad de la noche; por otro lado, Orlok, el monstruo, entregado a sus apetitos, yace bajo la luz del día en los brazos de Ellen.
El deseo de Thomas por la riqueza y estabilidad económica se convierte en su sombra, para desarrollar esto son importantes las interacciones que Thomas tiene con Ellen, porque siempre está este amor condicionado, como queriendo reprimirla de alguna forma. Cuando él expresa su anhelo por una vida como la de Friedrich, no solo podemos interpretarlo por la riqueza, también quiere el estatus, el matrimonio que ellos tienen, la esposa ideal.

Es por ello que las inquietudes y pesadillas de Ellen le preocupan. Esta ambición lo lleva a viajar a Transilvania a pesar de los ruegos de su esposa, y dirigirse al castillo pese a las advertencias de los rumanos; la misma que lo lleva a firmar un contrato sin leerlo, siendo persuadido por una generosa comisión que le ofrece el conde. Volviendo a las advertencias que Ellen manifiesta producto de sus mórbidos “sueños” casi premonitorios, Thomas los descarta como producto de su “melancolía”: a Thomas le preocupa que pueda interrumpir su viaje y eso lo hubiera llevado a arruinar su negocio, por lo que le pide a Friedrich, con cierta desesperación, que cuide de su esposa. Finalmente, logra comprender a lo que se enfrenta, pero solo porque vive en carne propia el fruto de las advertencias de Ellen.
Quiero retomar, por un momento, el concepto de “melancolía”, utilizado para referirse a lo que Ellen “padece”, que claramente no se le diagnostica como una condición al azar, esta “enfermedad” era comúnmente asociada a sujetos, durante los siglos XVIII, XIX e incluso el siglo XX, principalmente mujeres, que amenazaban las normas sociales y correctos modales, como por ejemplo aquellas que molestaban al status quo dentro de su rol como madres y esposas: las opciones eran callar o ser enviadas a centros de reclusión psiquiátricos, lugares que utilizaban tratamientos correctivos que muchas veces rayaban en la violencia física, psicológica y/o sexual.
Dentro del contexto de la obra, tenemos la constante presencia del doctor Wilhelm Sievers, quien diagnostica a Ellen a partir de la “medicina moderna”, diciendo que es “una congestión de sangre”. En esta escena el doctor posiciona sus manos en su vientre para indicar de dónde proviene este padecimiento, le suministra medicamentos (Eter) y pide que aprieten su corset con el fin de aprisionar y restringir el cuerpo de Ellen, llegando a un punto en el que él le sugiere a Friedrich atarla a la cama, por no saber cómo controlar sus convulsiones. Finalmente se somete a Ellen a ese “tratamiento”, el cual posteriormente ella le recrimina a Friedrich, quien termina echándola de su casa por atreverse a cuestionar sus decisiones.
Por último, me queda en el tintero el profesor Albin Eberhart Von Franz, quien es el único que ve verdaderamente lo que está sufriendo Ellen, le comenta que en otros tiempos ella hubiera sido adorada por su poder, sin embargo, también se siente fascinado por este ente que acecha a la mujer, lo que genera que no se esclarezcan sus intenciones en realidad frente a la situación.

Quiero finalizar este segmento reflexionando sobre el rol de los hombres en general alrededor de los acontecimientos que ocurren. Ninguno de los personajes masculinos “humanos” quieren el bien para Ellen, quien en ultima instancia tiene que sacrificarse para erradicar al monstruo que ha plagado la ciudad: es ella quien hace algo respecto a la maldad que los acecha, pero a costa de su integridad tanto física como sexual.
Si bien al final de la historia pareciera que Ellen logra liberarse de las ataduras que le impone la sociedad, también es la demostración de que ella no tenía escapatoria frente al poder y control que los hombres y masculinidades ejercían sobre ella, “entregándose” al “deseo” que más parece un abuso, para escapar de la realidad que no le permitió desenvolverse como genuinamente ella pudo haber o no deseado hacerlo. Quizás podríamos cuestionarnos que este último acto de sacrificio fue por amor a Thomas, pero ¿por qué era necesario entregarse a un “deseo” que venía atormentándola desde niña?
2. Ella, lo abyecto
No tengo más contexto que la película para responder tal pregunta, pero creo que analizar al personaje de Ellen puede llevarnos a diferentes conclusiones. Quiero, en este punto, proponer un breve análisis que tomará algunos conceptos provenientes desde la teoría de lo monstruoso, que me ayudarán a establecer una reflexión sobre este personaje desde lo abyecto.
Primero que todo ¿Qué es lo abyecto? Según Julia Kristeva, cuyo desarrollo sobre este concepto es fundamental, “es aquello que perturba la identidad, el sistema y el orden, desafiando límites, reglas y normas”. Es una categoría que se sitúa entre el sujeto y el objeto, se relaciona con aquello que perturba las normas establecidas en el orden de lo simbólico, con los fluidos corporales, con el límite, lo impuro e inmoral. Por ejemplo, un cadáver puede ser abyecto, la comida puede ser abyecto. La figura materna, el cuerpo de la madre, puede ser abyecto. Todo aquello que se percibe como incómodo, difícil y horroroso para el desarrollo del sujeto y el entendimiento de los objetos, viene a entenderse desde la categoría de lo abyecto. Sin embargo, éste también es necesario para la construcción de identidad, del yo y la reflexión crítica de la cultura.
En este sentido, ¿por qué no analizar al conde Orlok como abyecto? Calificaría perfectamente para desarrollar un análisis: es literalmente un cadáver, que se mueve por el deseo y la sangre, se manifiesta como una plaga que amenaza el establishment de los protagonistas. Sinceramente, sería muy sencillo, y creo que hay suficientes reflexiones en los medios sobre lo que el vampiro representa dentro de la historia.
En contraste, Ellen vendría a representar lo bello y puro, el objeto de deseo por el cual Orlok desata el caos y Thomas lucha por proteger, posicionándose ambos personajes como fuerzas antagónicas, pero también dos caras de la misma moneda. Y es esto último el motivo por el cual Ellen es un personaje tan interesante de analizar, su ambivalencia es fundamental para el desarrollo de la historia: ella no solo es la dama en apuros, el objeto de deseo, ella es una fuerza que oscila entre la fantasía y la realidad, la vida y la muerte, y por sobre todo, lo moral e inmoral. Es esa tensión que el personaje encarna que la vuelve abyecto, pues ella no obedece al orden de lo canónicamente femenino dentro de la narrativa, como ya vimos al analizar los personajes de Thomas y Friedrich, sino que ella encarna lo que la autora Barbara Creed denomina como lo “monstruoso femenino”.

Durante pequeños diálogos expositivos, se nos muestra que Ellen desde niña ha tenido una afinidad con lo metafísico, generando una relación constreñida con su padre. Se podría pensar que él la veía como una criatura extraña, que posiblemente le temía a esta extrañeza, convirtiendo a Ellen en una persona solitaria que añoraba la afinidad con alguien. Al inicio de la película ella ruega desesperadamente por la compañía de alguien, y es Orlok, para desgracia de Ellen, quien responde este llamado.
Él la posee, la reclama como esposa para así devorar su sangre y saciar su deseo. En este punto, con poco contexto, pero con clara intención, se desarrolla una relación de abuso entre ambas partes, la posesión no solo se entiende como un acto sobrenatural, sino que también como un vínculo de poder y sumisión, el cual deja a Ellen con traumas profundos, que según en sus propias palabras terminan cuando conoce a Thomas. La presencia de Orlok ronda incansablemente, ahora no solo a la mujer, sino que a una sociedad completa, porque Orlok es, sin duda, lo abyecto, es aquello que merodea en los límites de lo normativo, es deseo profano, poder a partir de lo impuro, muerte y destrucción.
El cuerpo de Ellen exhibe la consecuencia de este vínculo abusivo, pero su entorno solo trata el trauma como “melancolía”, es así que ella no puede más, su cuerpo es evidencia del maltrato y es así como comienza a retorcerse, a doler, sus movimientos se vuelven erráticos, expele vomito y saliva, sus ojos lloran sangre, grita y no responde ante el diagnóstico y tratamiento que su época le ofrecía. Y es que estamos ante una sociedad que solo ha rechazado a Ellen, la ve como paria, por su poder, por su extrañeza y por eso la ha reprimido, ella es como Orlok, pero Ellen no es un vampiro y tampoco es un hombre, así que su poder y su presencia ha quedado relegada a lo abyecto. Como dijo el profesor Albin Eberhart Von Franz, ella en otra época pudo haber sido una sacerdotisa, pero no es un halago, es una condena.
Por otro lado, y como he deslizado, Ellen actúa como un oráculo premonitorio, encarna la catástrofe que asediará la ciudad, le advierte a Thomas lo que está por venir, pero al igual que ocurre con el mito de Cassandra, su entorno hace oídos sordos a estas advertencias. Es de esta manera que ella decide sacrificarse, pues los esfuerzos de su esposo y compañeros son inútiles frente a la amenaza de Orlok, pero también porque hay cierto sosiego en terminar con el calvario que ha llevado durante años al ser esta criatura extraña en una sociedad que solo busca encarcelarla en roles de comportamiento y género: ella encuentra en su sacrificio el fin de sus pesares, demostrándose que su cuerpo no solo es un objeto de deseo, pero también un medio para acabar con el horror de una vida de represión y abuso. No quiero romantizar su sacrificio, personalmente creo que entregarse al abuso es una decisión narrativa sumamente violenta, pero quiero darle una vuelta a este acontecimiento.
Ellen se entrega a Orlok, quien violenta su cuerpo (insinuando claramente un abuso sexual), el monstruo bebe su sangre y ambos yacen desnudos mientras mueren lentamente, pero es en ese momento que el cuerpo de Ellen se transforma de un objeto de deseo en lo femenino monstruoso, en abyecto: Orlok cree que su sangre le devolverá vitalidad, pero ella invierte la situación, aprisiona al vampiro en su propio deseo y hambre para finalmente destruirlo, el cuerpo femenino ya no es más una posesión, e incluso deja de ser atractivo, para convertirse en muerte, mezclando lo bello con lo putrefacto, como en una vanita: el consumo, la posesión, la vida es algo vacuo, y solo la muerte redime el alma. Una segunda, pero complementaria interpretación sobre la composición de la escena de Orlok pudriéndose sobre el cuerpo de Ellen es revisando la postura, casi maternal, en la que se posicionan ambos cuerpos, como si ella lo estuviera amantando.

Una de las características principales de esta versión del vampiro es que él succiona la sangre del pecho de sus víctimas: en el caso de las escenas finales con Ellen, y haciendo un paralelo con lo descrito por Kristeva y Creed, es que Orlok en un momento quiere separarse del cuerpo de ella para volver a su guarida antes de que amanezca, habiendo cumplido su objetivo y continuar con su eternidad. Pero la mujer lo acerca a su pecho nuevamente no permitiéndole huir, convirtiéndose ella en su maldición y poseyendo su deseo para finalmente sucumbir ante la luz del sol.
Ellen le entrega la sangre enferma, aquí estoy aludiendo a que previamente se le había diagnosticado con una enfermedad de la sangre, haciendo una metáfora sobre la menstruación, que amenaza desde el interior de lo femenino y desafía el hambre de la criatura que en última instancia veía en la sangre su ritual para seguir existiendo, lo que la convierte en algo horrorífico. Ella trascendió el terror y se convirtió en el monstruo del monstruo. Y así, finalmente, ya nadie posee a Ellen, y ella se libera de aquellos que siempre la han visto solo como un objeto de deseo y consumo.
Breves palabras finales
Mis intenciones con este análisis no son de posicionar a Ellen como un ícono feminista, ni mucho menos de empoderamiento, creo personalmente que ella está en una posición ambigua que oscila entre las categorías de sujeto, objeto (de deseo) y abyecto (lo monstruoso femenino); por otro lado, ella no tiene una causa y tampoco tiene la intención de establecer una posición política explícita.
Asimismo, no quise ejecutar este análisis desde el examen de la male gaze o mirada masculina (tomando postulados de Laura Mulvey y basándome en the gaze de John Berger), a pesar de que creo que un examen de este tipo es no solo evidente, sino que también daría material para analizar las tres versiones de la película.

Personalmente creo que Ellen es, tanto su idea y su ejecución, un abyecto, y es así como lo he desarrollado, y más allá que esta representación haya sido intencional (es decir, que el director y escritor de la película lo haya pensado así) ese resultado podemos ponerlo en duda, pero como ya he mencionado a lo largo de este trabajo, ella es un limite frente a un conflicto sobre las masculinidades presentadas en la película, pues además de ser un objeto de deseo y un estereotipo de una dama en apuros, ella encarna aquello que perturba a esas masculinidades presentes en el metraje. Finalmente, en Nosferatu, Orlok no es nada sin Ellen, ella es punto ancla y fundamental para que la historia progrese.

