
“Agente secreto”, del director brasileño Kleber Mendonça Filho, es una obra maestra sobre cómo la memoria histórica perdura aunque el autoritarismo pretenda borrarla. Nominada a cuatro premios Óscar, la historia de un profesor que huye bajo una identidad falsa durante la dictadura brasileña de 1977. La gran referencia es la cinta “Tiburón” de Steven Spielberg, cuyas mandíbulas omnipresentes funcionan como metáfora del fascismo que acecha.

La película despliega una inteligente red de dobles identidades — personajes con dos nombres, una gata de dos caras, vidas paralelas — para hablar de cómo la resistencia al fascismo ocurre desde el anonimato y los márgenes. Frente a la brutalidad del régimen, que borra evidencias y asesina con impunidad, personajes la dueña de la pensión Doña Sebastiana representan focos de luz y solidaridad en medio del horror.
Uno de los grandes aciertos del guion es su denuncia de las fake news y la corrupción, usando recursos como un tabloide sensacionalista con la historia de “Pierna Peluda” o la ridícula “tercerización de la maldad” entre sicarios, que funciona además como comentario sobre la mentalidad de tiburón del libre mercado y una anotación directa al período de Bolsonaro. El mensaje final y más poderoso de la película en todo caso es la memoria como transfusión de sangre entre pasado y presente, y la urgencia de donar recuerdos para nunca olvidar cómo sobrevivir entre tiburones.

