More

    Fernanda Finsterbusch en CiNeRd sobre “Todos los males”: “Quería incursionar en las profundidades de la mente”

    Fernanda Finsterbusch protagoniza la nueva película de Nicolás Postiglioni, que se estrena este jueves 19 en salas nacionales tras pasar por Fantastic Fest y el Festival de Sitges. En CiNeRd de Canal Ciudadano ella establece una conversación sobre el mal que se oculta bajo la alfombra, el desafío de actuar en alemán y una carrera construida a pura intuición desde los 15 años.

    Hay una escena en Todos los males donde la cámara observa una casa alemana en Valdivia de 1957 con la misma frialdad con que se mira una trampa antes de que se cierre. Todo está en orden. Demasiado en orden. El césped, los modales, el idioma, la jerarquía. Y es exactamente ahí, en esa perfección que no deja respirar, donde empieza el horror verdadero.

    La película, una adaptación de la novela Bella cosa mortal de Alejandro Sieveking, es el segundo largometraje del director Nicolás Postiglioni — tras Inmersión — y su gran revelación es Fernanda Finsterbusch, actriz de 25 años que interpreta a Hilda, una adolescente criada en el seno de una comunidad alemana cerrada en Valdivia, educada en casa, gobernada por el orden, la lengua germana y una superioridad moral que funciona como fachada de algo mucho más turbio.

    “Es una niña que está pasando por este proceso de pubertad, que vive en esta familia alemana, una comunidad alejada del resto del mundo, donde se educan en casa, donde todo está disfrazado del orden, todo por el ser mejor, por sentirse superiores”, explica Fernanda Finsterbusch. “Pero en el fondo hay algo que se oculta, que es la moral, la religión. Hay cositas debajo de la alfombra. Hartas”.

    Esas cositas debajo de la alfombra son el motor de una película que tiene el temple y la economía narrativa de La cinta blanca de Michael Haneke: la exploración de cómo el orden extremo, la superioridad racial y la religión generan puntos de fuga hacia la violencia y la perversión.

    La llegada del chico de 13 años Daniel (Teodoro Bustos) a esta comunidad — dejado al cuidado de esta familia — va destapando capas de una oscuridad que estaba ahí desde siempre, perfectamente administrada. “Hay una base muy grande en la religión, una base de esa supremacía de sentirse efectivamente superiores a otros y de sentir que eso está bien”, analiza la actriz. “La falta de reflexión, la falta de diálogo. Y también de ver a los otros con otros colores, porque en la película se produce una discriminación brutal hacia el campesino chileno, porque son de otro color, no se consideran lo mismo”.

    Hilda no es la protagonista en términos de punto de vista narrativo — la historia la conduce el joven forastero — pero es uno de los grandes motores morales de la trama. Fernanda Finsterbusch la describe como un personaje que opera en una ambigüedad que la película se niega a resolver del todo, y esa decisión es uno de los grandes aciertos del guion. “Me gusta el personaje, el rol que tiene en la película, encuentro que aporta un montón en términos de guion, así que contenta de que haya gustado porque siento que di con el ancho”.

    La construcción del personaje, dice Fernanda Finsterbusch, partió desde adentro. “Siempre he abordado el trabajo partiendo desde uno, desde uno como actor: qué cosas me vinculan, en dónde existo yo en Hilda, qué tenemos en común. Pero dentro de las profundidades de la mente digo, no quiero jugar a que tengo cosas o haría cosas parecidas a ella, vamos mucho más allá. Entonces lograr comprender de dónde vienen esas obsesiones, de dónde viene el dolor de la dureza familiar, del no sentirse comprendida, de la ausencia interior”. Esa comprensión empática de un personaje que hace cosas que la propia actriz nunca haría es exactamente lo que distingue una actuación técnica de una actuación verdadera. “Es una familia donde no hay cariño, no hay ningún tipo de afecto, es todo imagen: hay que estudiar, el alemán, el orden, la casa, el trabajo, fin. Esa dureza de la madre ahonda en esas perversiones y en ese no tener límites, los límites muy distorsionados”.

    Para Fernanda Finsterbusch, la reflexión sobre el personaje tiene además una dimensión política que excede la ficción. “El poder hoy en día en el mundo en general está viviendo un momento súper álgido. Y creo que en este tipo de cosas, como en esta película en el hogar, hay una base muy grande en la religión, una base de esa supremacía de sentirse efectivamente superiores a otros y de sentir que eso está bien”. En tiempos donde esa lógica asoma en distintos rincones del mundo, Todos los males funciona también como un espejo incómodo.

    Uno de los mayores desafíos técnicos de la película era que buena parte del diálogo está en alemán. Fernanda Finsterbusch no lo hablaba con fluidez cuando llegó al casting. “Era un texto que tenía palabras en alemán, como mamá, papá, eran cosas más cortitas que se incluían. Pero claro, el personaje hablaba en alemán. A mí me llamaron, yo fui, no me pusieron como condición hablar en alemán, entonces yo llegué nomás”. La condición la fue construyendo ella misma: “Fue desde que quedé hasta el rodaje un desafío de ir caminando hacia el alemán”.

    Lo que complicaba y enriquecía el proceso era que el set no era una simulación: había actores alemanes de verdad. “En set estuve compartimos con la actriz alemana Catrin Striebeck (…) Ella me ayudaba y me ayudaba todo el set mucho con la exactitud de las cosas, con que fuera la pronunciación tal cual. Había también una coach de alemán que en set pasó a ser coach de todos porque necesitábamos más background del idioma”.

    La elección de Valdivia como locación no es arbitraria. La ciudad tiene una historia real de migración alemana desde el siglo XIX, con comunidades que conservaron idioma, costumbres y una identidad separada durante generaciones. Esa historia le da a la película una raíz geográfica e histórica que la ancla fuera de la abstracción. “Es una película ambientada en Valdivia, en nuestra querida ciudad de Valdivia, hermosísima como la muestra la película”, dice Finsterbusch. El paisaje sureño — su luz fría, su vegetación densa, su humedad — funciona como cómplice de la atmósfera. El mal en esta película no ocurre en un decorado genérico: ocurre en un lugar específico, con una historia específica, lo que le da un peso que las películas de género habitualmente sacrifican por la universalidad.

    La historia de Fernanda Finsterbusch es también la historia de alguien que entró al cine sin manual ni red de seguridad. A los 15 años, sin haber estudiado actuación, encontró un casting en Facebook para una película de terror llamada Contra el Demonio. Fue. La llamaron. Quedó. “Para mí eso representa principalmente Contra el Demonio: el primer paso al mundo actoral, el primer eslabón de encontrar una oportunidad, y decir, ya hay algo, alguien vio algo en ti. Y yo creo que eso para uno como artista es importante: OK, lo que hago tiene algo bueno”.

    La película de posesión demoníaca — que la propia actriz reconoce con afecto y cierto pudor — la lanzó a un circuito de festivales de terror donde conoció directores, hizo cortometrajes y fue construyendo un mundo de contactos y referencias que eventualmente la llevó a proyectos más complejos. “Claro, es muy distinto abordar una película como Contra el Demonio a abordar algo como esto, que me pilla en otro momento. Es otro tipo de cine. Contra el Demonio impactaba un poco a generar audiencia, al clásico terror. Y acá es otra tecla, es un nivel de profundidad muy distinto”.

    Cuando se revisa la película hoy, la actriz confiesa sentir una mezcla de orgullo y exposición. “La vi por última vez y me dio mucho pudor, porque me sentí muy expuesta siendo muy joven y estando muy poco preparada. La veo y me siento súper jugada, porque digo, lo di todo y no teniéndolo nada. Teniendo abajo en la cartela solo mis ganas”. Esa honestidad sobre las propias limitaciones pasadas es también una señal de madurez presente.

    Luego vino la pausa en la Universidad Católica, donde estudiaba teatro, para aprovechar una ola de trabajo que no quería dejar pasar. “Yo me vi con la fortuna de decir, puedo armarme un piso ahora. Ya estaba en tercer año y dije, mira, tengo que aprovechar porque uno no sabe las oportunidades, hoy día las tenís, mañana no. No iba a rechazar la posibilidad de trabajar de lo que estaba estudiando, si podía estudiar y después quizás no trabajar”. Esa apuesta ha resultado.

    Cuando se le pregunta por referencias y directores que la hayan marcado, Finsterbusch habla con la curiosidad de alguien que todavía está descubriéndose como espectadora al mismo tiempo que como actriz. “Últimamente ando vuelta loca con ver todo el cine que da buenos comentarios. Veo harta nota de cine y digo, voy a ver la película”. Pero hay patrones claros en sus gustos. “En cada personaje que he hecho, me he dado el tiempo de buscar cierta referencia que abordan cosas similares, porque eso me ayuda mucho como actriz. Ver atmósferas”.

    El cine argentino ocupa un lugar especial. “Los argentinos tienen algo que creo que nos diferencia harto de Chile: tienen una naturalidad”. Y entre los italianos, destaca el trabajo de Alice Rohrwacher — directora de Lázaro feliz y La quimera — con una precisión que habla de alguien que ha hecho la tarea. “Me gusta mucho lo que hace Rohrwacher. La quimera me gustó mucho”.

    En cuanto a proyectarse internacionalmente, Fernanda Finsterbusch es clara sobre su prioridad: construir primero desde Chile. “Soy poco, pienso poco en huir. Hay gente que de joven tiene esa idea de escapar. Yo soy muy hogareña, de casa y de carrera. Quiero crear algo aquí primero, y luego si me voy, que sea con alguna carpetita armada”. Las conversaciones con proyectos extranjeros ya existen — películas de autor con una sensibilidad cercana a la de Todos los males — pero no hay urgencia. “Creo que es algo que a todos nos gustaría. Pero primero esto”.

    Todo ese recorrido — el terror de los 15 años, la pausa universitaria, los festivales internacionales, el alemán aprendido a presión en un set del sur de Chile — confluye en una actriz que llegó a Todos los males sabiendo exactamente qué quería explorar y por qué. “Después de esta ola de experiencia, tanto en la televisión como en el teatro, uno va viendo sus gustos y las cosas que le interesa hacer”, reflexiona Finsterbusch. “Y tenía muchas ganas de hacer algo como lo que hice con Nico, que era esto fino, que es distinto a veces a lo que vemos acá, que es un poco más atrevido y va arriba, arriba. Acá hay algo más pequeñito, más lento. Tenía ganas de incursionar en las profundidades de la mente.” Esa incursión, hay que decirlo, le salió bien.

    Todos los males se estrena el jueves 19 de marzo en salas nacionales. Una película elegante, precisa y perturbadora que confirma a Nicolás Postiglioni como uno de los directores más interesantes del cine chileno joven, y a Fernanda Finsterbusch como una actriz que ya no está prometiendo: está cumpliendo.

    Ernesto Garratt
    Ernesto Garratthttp://www.nerdnews.cl
    Guionista, escritor, periodista y crítico de cine. Ganó el Premio Marta Brunet a la Mejor Novela para Jóvenes del Ministerio de Cultura con Allegados (Editorial Hueders, 2017). Es autor del libro Tardes de cine (Ediciones B, 2012) y de Casa Propia (Hueders, 2019), esta última novela ganadora de los Premios Literarios de la Municipalidad de Santiago. En el año 2011 recibió el premio del Santiago Festival Internacional de Cine por su apoyo a la difusión periodística y crítica del cine chileno. Fue Editor del Área de Documentales de La Red. En la actualidad es Director de Nerdnews.cl y ejerce la crítica de cine en medios como radio ADN y NerdNews.cl. Sus últimas novelas son Error de Continuidad (Áurea Ediciones, 2020) y Educación Universitaria (Hueders, 2023).

    Últimos artículos

    Artículos relacionados

    Deja un comentario

    Por favor, escribe un comentario
    Ingresa tu nombre