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    “Godzilla Minus One” en Netflix: El kamikaze contra el monstruo

    “Godzilla Minus One” se estrenó por sorpresa en Netflix y ya está entre los títulos más vistos de la plataforma de streaming. Acá Ernesto Garratt te explica algunas razones para re-verla y re-apreciarla.

    Esta película es una feroz demostración de que menos a veces no solo en más, sino que puede ser TODO.

    Con un presupuesto de “solo” 15 millones de dólares, “Godzilla Minus One” corroboró con su formidable desempeñó en taquilla que no es necesario gastar cientos de millones de dólares para concebir un blockbuster a nivel global.

    También desarticuló la idea de que los buenos efectos especiales son exclusiva potestad de tales y cuales vacas sagradas de la técnica. Y lo más importante, “Godzilla Minus One”, al hacerse del Oscar a los Mejores Efectos Especiales, se impuso desde la periferia del cine de “bajo presupuesto” a los Goliats de una industria enorme y gigante como la de Hollywood.

    En esta nueva versión del afamado kaijú del lagarto gigante, la bien justificada presencia de Godzilla importa en la medida que representa los miedos internos del protagonista, un kamikaze vivo y por tanto traidor porque no se suicidó por la patria justo durante los estertores de la Segunda Guerra Mundial.

    Entre las ruinas de un Japón sumiso y derrotado bajo la sombra del hongo nuclear de Hiroshima y Nagasaki y, meta-fílmicamente hablando la película misma también bajo la sombra del éxito gringo de “Oppenheimer” de Christopher Nolan (justamente sobre el creador del hongo nuclear de Hiroshima y Nagasaki), la historia transcurre bajo la forma de un melodrama realista: el periplo de un soldado cobarde y sin honor que regresa a su hogar destruido y que a punta de puros paipes de cruda realidad, va hilvanando merced la empatía y gestos humanos algo parecido a una familia.

    En esos senderos de reconstrucción del tejido social tras el Apocalipsis, la película se parece a una pieza educada según los principios del gran cine de Yasujiro Ozu y su des-construcción de la rutina y espíritu nipón.

    Obvio, esto es kaijú y un espectáculo. Esto es entretención. Pero el sino del kamikaze y su encuentro con el monstruo radioactivo es el choque de una cinta clase B con su propio y escondido interior: una insospechada calidad artística de primera clase corriendo por sus venas. Este cuento amargo y desvariado es sin duda el díptico mutante e ideal que completa a “Oppenheimer”, la versión “ganadora y blanco” del infierno desatado en la Tierra por EE.UU. al arrojar dos ataques nucleares contra inocente población civil.

    Claro, Godzilla podría ser solo un juego absurdo de niños. Pero por películas como estas también pueden resultar en un muy interesante artefacto para detectar el origen de la verdadera monstruosidad en el siglo XX. Ahí, justo las fauces radioactivas de una bestia convertida en metáfora y denuncia entre líneas.

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