
Hay historias que no piden permiso para entrar. “Raza brava” es una de ellas: la de un muchacho de población que busca ser alguien en un país diseñado para que solo sea un don nadie. El director Hernán Caffiero filma como quien anota un gol de zurda en el ángulo — con una precisión brutal y una belleza que duele. La mejor serie chilena del siglo no habla de fútbol. Habla de nosotros.

No me gusta el fútbol. No me gusta ni verlo ni jugarlo. No me gusta ni por lejos.
Entonces, si el deporte rey me resulta tan excitante como ver un choque globos, ¿por qué debería rendirme ante la grandeza de “Raza brava”, serie de autor del ganador del Emmy, Hernán Caffiero, y sobre el fútbol chileno y el nacimiento de la Garra Blanca?
¿Cierto que no es lógico? No tiene ningún sentido. Ni para mí. Aclaro: Soy un crítico de cine agnóstico en la iglesia del fútbol y, antes que nada, soy un espectador que ama, como manda el oficio que ejerzo, las historias de calidad, esas películas o series que hablan de algo más de ellas mismas y que logran conectarse y captar el Zeitgeist, como dicen los alemanes, el espíritu de una época.

Y “Raza brava” lo hace con creces. Como ninguna serie chilena o latinoamericana que haya visto. Digo esto con un entusiasmo casi adolescente después de haber visto los cuatro capítulos que componen “Raza brava”, protagonizada por Gabriel Muñoz, David Gaete, Daniel Antivilo, Berta Lasala y Karla Melo, entre otros. Inspirada en hechos reales, no solo se trata de la mejor serie chilena que he visto en este siglo, sino que es parte de los tres mejores productos audiovisuales salidos del Chile reciente. Y créanme, he visto más cine y series de los que soporta un crítico de cine.
Entonces, retomando el punto: si fútbol y lo que lo rodea no significan mucho para mí ¿por qué considero que “Raza brava” me habla directo a mí pese al completo alejamiento que me distanciaría su mundo e historia?
Pues por varias razones. La cámara y guion de Hernán Caffiero, ganador del Emmy por su notable serie “Una historia necesaria” —acerca de feroces casos de detenidos desaparecidos durante la dictadura cívico-militar— parecen fijarse en un aparente fan-service, obvio, esta es el relato hecho desde la hinchada, desde el corazón mismo de la Garra Blanca. Pero no hay que confundirse y, lanzo un consejo: que esta aparente capa no se convierta en un sesgo prejuicioso a la hora de decidir si sumergirse en su compleja y notable desenvoltura.

Porque “Raza brava” es antes que nada una serie política. Muy política ya que desmembra el trágico arco de la historia reciente de Chile, desde las postrimerías de la dictadura hasta la delicada transición a la democracia. Y lo hace sin concesiones. Sin anestesia, directo a la vena.
Mediante un virtuoso curso de los acontecimientos narrados como si esto fuera una película digna de la selección de un festival de cine clase A, somos testigos de cómo un muchacho poblador con un padre (Daniel Antivilo) entrenador de un equipo de barrio, Estrella Roja, crece y se va introduciendo en la naciente brava barra colocolina como una forma de encontrar su lugar en un Chile violentamente neoliberal y segregador. Tratando de ser alguien en el país donde te educan y crían para ser nadie.
Acá es justo apreciar el trabajo interpretativo del conjunto, un ensamble que juega para el mismo lado y, sin duda, los atacantes de esta delantera actoral pelotean de memoria; el tándem protagonizado por el debutante Gabriel Muñoz, impecable como el ángel caído en desgracia y su side-kick, y el no menos brillante David Gaete, una fuerza brutal en pantalla, son las dos caras de la misma moneda: la rabia social en estado puro y a punto de estallar. Y el “director técnico” Hernán Caffiero filma todo este juego verdadero como quien anota un gol de zurda en el ángulo — con una precisión brutal y una belleza que duele.
La mejor serie chilena del siglo no habla de fútbol. Habla de nosotros.

Criado entre la precariedad de la población, el asedio de la dictadura y una familia cariñosa que es su primer refugio, nuestro protagonista se halla sin embargo completo y realizado siendo parte de los barristas que alientan semana a semana, y desde las gradas, a su amado equipo. Juego tras juego. Ya lo sabemos: la Garra Blanca y las otras barras del balompié chileno son sinónimo de violencia, crimen, brutalidad. Ok. Pero “Raza brava” es arte. Es una ficción hecha a partir de la realidad. “Raza brava”, la serie, significa ante nada un ejercicio de ficcionar nuestra historia reciente. Y si me piden que no me quede pegado viendo una historia de anti-héroes que en este caso sigue el ascenso y caída de un muchacho de barrio y origen popular que cruza el lado oscuro de la fuerza, pues simplemente no puedo seguir tal consejo.
Las mejores películas o series gringas que se me vienen a la cabeza son sobre anti-héroes y cómo estos cruzan hacia ese lado oscuro de la naturaleza humana. Michael Corleone, pese a sus convicciones, termina siendo el jefe de la mafia de los Corleone en “El Padrino”; Walter White comienza como un profesor buena gente que termina convirtiéndose en el lord de las drogas Heisenberg de “Breaking Bad”, o para qué decir que el funcionario “loser” Jordan Belfort, descubriendo que puede ser el yuppie estafador en el que termina convertido en “El lobo de Wall Street”, por ejemplo.
Como no me gusta el fútbol y sus recovecos más siniestros, tampoco me gusta la mafia ni los narcos ni menos los yuppies mal nacidos especialmente si son Chicago Boys.

Pero soy capaz de apreciar cada una de esas películas como ahora aprecio, y en altísima estima, la serie chilena “Raza brava”. Es imposible dejar de valorar la impronta de la serie a la hora de poner en el foco en estos anti-héroes y los desechos morales que justamente produce el tipo de sociedad neoliberal en la que vivimos. Menos se puede dejar de ver tal propuesta si en el caso particular de “Raza brava”: un partido adrenalínico, violento y sensual dirigido por Caffiero, un autor que básicamente sabe ir perfecto desde lo micro a lo macro para pegar el pelotazo de ras de pasto de la pesadilla cotidiana hasta volar en la altura de las grandes preguntas que debería contestar el arte.
El protagonista, con una cariñosa madre (Berta Lasala) y un hermano mayor rebelde ante la dictadura de Pinochet imperante, comienza su auge y feroz porrazo posterior buscando un sentido vital en una sociedad que lo ha dejado afuera. En el margen. La brutal segregación de la dictadura y de la posterior transición a la democracia (¿ya terminó o seguimos en un eterno loop?) le han impedido hallar y desarrollar su lugar en el mundo. El disfrute colectivo en el estadio, donde al fin se siente alguien al lado de su violenta jauría de iguales (otros ignorados del modelo como él), se cruza entonces en una primera instancia con la resistencia política al régimen y su asfixiante estructura mercantilista para prender la chispa de la devoción a un equipo que hace lo que el resto de la sociedad le niega: darle un refugio. Un sentido. Una identidad.
“Raza brava” de este modo se trata de una exposición fluida y vertiginosa de los acontecimientos que riegan su relato, poblado por lo demás de una batería de excelentes recursos audiovisuales. Permítanme una comparación. Me gusta mucho el cine coreano porque nunca olvida que se debe a su público nacional, propio, los coreanos mismos, y a partir de esa base es que los artistas y directores de ese país han sabido construir un refinado cine comercial, hecho con una contundencia y logros estéticos sublimes.
Y eso mismo me produce la factura de esta serie chilena. Amparado e influenciado seguramente por la estilizada violencia del autor de “Oldboy”, Hernán Caffiero el “Park Chan-wook chileno”, se mete al igual que los coreanos en angosturas al relatar con una impecable caligrafía audiovisual lo que podría ser nuestro propio “El Padrino”, nuestro propio “Breaking Bad” o nuestro propio “Lobo de Wall Street”.

“Raza brava” va a ser una enorme sorpresa. Posee sin duda una enorme factura en su realización. La cámara, a lo Martin Scorsese en “Goodfellas”, es simplemente soberbia; o las transiciones tan sofisticadas como las que pone en práctica Park Chan-wook en su cine parecen reencarnarse en las propias transiciones usadas por Caffiero en “Raza brava”. También va a sorprender porque está hecha desde una realidad barrial, real, real, realidad pura, nunca antes vista en Chile. Brutal. Incómoda. Violenta. Pero tremendamente chilena e invisibilizada hasta decir basta. Hasta decir “Raza brava”.
Bravo.
Ahora, a sentarse a esperar que el partido comience. A esperar su estreno a lo grande.

