
Nominada a cuatro premios Óscar, incluyendo Mejor Actor, Mejor Película y Mejor Película Extranjera, esta nueva maravilla del director brasileño Kleber Mendonça Filho (“Aquarius”) y con Wagner Moura (“Civil War”) opacando hasta DiCaprio, es una pieza maestra que habla de memoria emotiva, personal, histórica y nacional y de lo fácil que es perder todas esas facetas de los recuerdos cuando se impone la brutalidad del autoritarismo. “Agente secreto” es el nuevo triunfo del cine bajo Lula después de “Aún Estoy Aquí” y el Globo de Oro ganado por Fernanda Torres.

Steven Spielberg nunca sospechó que el pavor de su cinta clásica “Tiburón” (1975) iba a reverberar hasta este 2026 en la obra maestra “Agente secreto”: nueva maravilla del director brasileño Kleber Mendonça Filho (“Aquarius”) y con Wagner Moura (“Civil War”) opacando hasta Leonardo DiCaprio en “Una batalla tras otra”.
Ambientada en 1977 en una “pícara” época, como se autodefine al comienzo la propia película, “Agente secreto” es por un lado, un homenaje al cine como vía de escape, santuario y homenaje; y por otro, y el más importante, resulta la emocionante fuga de un científico, Marcelo (quien tiene que usar la chapa de Armando) durante la dictadura brasileña, tratando de salvar su vida -amenazada por un empresario de derecha- mientras viaja en su “escarabajo” amarillo a Recife a reunirse con su hijo pequeño, bajo el cuidado de los abuelos.

Ambas lianas, este insuflo meta-fílmico y la vida misma en el horror de la dictadura, se unen en una sola trenza bajo el mando simbólico del “Tiburón” de Steven Spielberg, cuyas omnipresentes mandíbulas aparecen no solo en los carteles del viejo cine donde trabaja el suegro de Armando, sino que también son la causa de las pesadillas del pequeño hijo del protagonista quien se la pasa copiando en sus dibujos los afiches impresos en los diarios de la terrorífica cinta de Hollywood. El niño solo quiere ver la película, el abuelo proyeccionista de cine, quiere que el niño vea la película pero el padre, Marcelo, se niega. Es mucho horror y sangre para ojos tan pequeños.
Marcelo/Armando navega de esta manera por las aguas del desasosiego, escapando de la amenaza y del peligro y volteando a cada minuto por si aparece alguna señal de aleta emergiendo en la superficie o si se abre por sorpresa frente a él alguna temible mandíbula repleta de colmillos y lista para la mordedura. “Agente secreto” se planta así tan bien en su propio territorio estilístico que es imposible no sumergirse en esta propuesta que comienza durante el Carnaval y que resulta al final un ejercicio constante por mantenerse a flote y evitar a toda costa caer en el abismo del olvido.

Además, en el nuevo destino de Marcelo/Armando, Recife, ocurre una noticia espeluznante: un tiburón muerto traía en la barriga una pierna humana cercenada. Esa novedad sirve para mostrar la corrupción e impunidad policial durante la dictadura. La pierna es evidencia de un asesinato a sangre fría cometido por tres garantes de la ley, quienes la habían lanzado al agua y ahora les es devuelta en un acto de incontinencia moral por parte del irónico destino. ¿Solución? Nuevamente, borrar las evidencias.
“Agente secreto” funciona como un constante ejercicio de borrar con el codo lo que se escribió con la mano, pero esto no visto como un yerro sino como hábil recurso narrativo y discursivo. Lo que el fascismo intenta borrar y extirpar a través de la violencia y la sangre -el comunismo, la ciencia, el tejido social, la diversidad racial y social, la solidaridad-, personas como Marcelo/Armando lo intentan recuperar desde el margen, desde la resistencia origamista, desde el anonimato y asumiendo que resistir es residir: en una nueva identidad, en una nueva vida -por mientras-, en una nueva casa: esta vez, una pensión con otros perseguidos con dobles identidades y bajo la tutela de la increíble Tânia Maria como Doña Sebastiana. Un faro de certidumbre y luz que ilumina en la oscuridad y en la tragedia más festiva jamás filmada en la historia del cine.

Y si todos parecen tener una vida doble en la pensión, la pareja de Angola, la dentista con una hija, el chico solitario, eso se refuerza con la gata de dos caras Liza y Elis: una presencia que subraya con delicadeza la idea de lo mágico y sobrenatural y que se concadena tan bien con la brutal imagen del examen al tiburón sacado del mar con la pierna en su interior.
Lo doble de esta manera no solo juega a un nivel de duplicación identitario en el mismo plano narrativo. El guion de Kleber Kleber Mendonça Filho hace algo aún más brillante. El “Tiburón” de Spielberg sale metafóricamente de la pantalla del cine y se instala en la realidad de la cinta trayendo consigo una verdad muy incómoda: una pierna “peluda” mutilada dentro de su barriga es la evidencia de que la complicidad con EE.UU. para con las dictaduras latinoamericanas en los años 70s trajo el horror, la muerte, la injusticia, el abuso de poder, la violación de derechos humanos y una negra sombra de impunidad.

Pero eso no es todo: Kleber Mendonça Filho devuelve la pierna al cine mismo. Su pierna la convierte en un filme dentro del fime. Kleber Mendonça Filho realiza de esta manera una brillante secuencia de cine de terror B, un corto genial, donde podemos ver a la pierna con vida propia, saltando entre arbustos y atacando durante el calor de la noche a furtivos amantes del comercio sexual en una concurrida y sórdida avenida. Pronto descubrimos que la secuencia se trata de la lectura de una noticia sensacionalista de un tabloide amarillista, pero la idea está instalada por parte del autor de esta maravilla: El cine es a la vez espejo y reflejo de las vidas de los personajes de “Agente secreto” y, lo más estremecedor, “Agente secreto” la película es espejo y reflejo de nuestras propias vidas sometidas en la actualidad al desasosiego de los tiburones en el poder.
Enorme película y triunfo contra el negacionismo, “Agente secreto” encuentra sus más grandes verdades -y que son muchas- dentro del cine, de las viejas salas de cine: que para los ojos de Kleber Mendonça Filho son un territorio sagrado, un santuario físico visto como protectorado y hasta refugio diplomático.
Por eso, los tiburones que acechan nunca entran. Son como los vampiros, no pueden ingresar a un lugar sin estar invitados. Y los villanos de esta historia por tanto solo pueden rodear y espíar el cine desde lejos, con tal de capturar y asesinar a Marcelo/Armando.
Y no solo los villanos tienen eso en contra: De los más chistosos comentarios que realiza Kleber Mendonça Filho es la subcontratación de la maldad. El empresario de derecha que manda a matar a Marcelo/Armando contrata a dos sicarios, un exmilitar y su sicópata hijastro, y le duele regatear el precio. Y a su vez, los dos sicarios contratados por el empresario de derecha, subcontratan a un bruto peón de Recife y les duele regatear el absurdo precio que le pagarán a costa de un enorme margen de ganancia para ellos.
La tercerización de la maldad en este caso es un ejemplo perfecto para seguir hablando de… tiburones. La ridícula mentalidad de tiburón de estos patéticos villanos, una anotación mental sobre el período de Bolsonaro en Brasil, actualmente preso por intentar un golpe de Estado, desmenuza en esta ficción la mediocridad moral e intelectual de los que creen que el mercado se regula solo. SPOILER… Y todo sale mal porque el mercado de los sicarios se reguló solo en “Agente secreto”… tremendo chiste.
Volviendo a la idea de los cines: Mientras dentro de la sala de cine Marcelo/Armando cruza frente a la pantalla grande, vemos el trailer de “Agente secreto”, sátira de las cintas de James Bond con Jean Paul Belmondo conocida en Francia como “Le Magnifique”. El comentario es intencional: Podríamos creer que Marcelo/Armando es un agente secreto, pero a estas alturas la historia ya se han desmontado varios clichés sobre el punto y armado sobre ellos un relato vibrante y emocional.
Bajo el cielo protector de la sala de cine, Marcelo/Armando es citado a una extensa entrevista grababa con sus protectores, dos activistas que están intentando conseguirles a él y su hijo pequeño lo antes posible pasaportes para escapar del país. Luego nos enteramos que la conversación, grabada de común acuerdo, está siendo transcrita en “el presente” (que es el futuro de los personajes) por dos asistentes de una universidad privada y una de ellas, Flavia, es la que más y mejor escucha esta olvidada historia. Su ingreso al fluyo principal de la película es genial porque entra sin pedir permiso y sus secuencias tienen otra tonalidad, más fría, más de reportaje, sin el calor ni el grano reventado de las secuencias de 1977.
Pero ese cambio de estilo no molesta. Todo lo contrario. Alivia saber que alguien está escuchando, aunque sea en el futuro.
Durante las secuencias de Flavia, ella va reconstruyendo identidades secretas, e intuyendo que muertes y noticias mal informadas y Fake News de la época dictatorial eran en verdad asesinatos y encubrimientos.

La aparición de Flavia es otro recurso notable usado por Kleber Mendonça Filho porque es la conciencia de la propia película la que brota con el mensaje principal de su relato: NO AL OLVIDO. Flavia es el Pepe Grillo, la voz incómoda que al parecer nadie quiere oír.
SPOILER… Ni el propio hijo de Marcelo quiere oír en la tremenda secuencia final de “Agente secreto”: Warner Moura es ahora Fernando, el ahora hijo adulto de Marcelo y convertido en un doctor que labora en un centro de donaciones de sangre. Allí, en ese actual lugar de trabajo, antes funcionaba un viejo y querido cine de su infancia.
Allí, entre esas butacas y pantalla espectrales de su pasado, Fernando vio por fin “Tiburón” y dejó de tener pesadillas.
Y en la cabeza de uno, pues ocurre una explosión: La sangre flotando en el mar después del ataque del escualo fílmico se funde fuera de cuadro durante el cruel paso del tiempo y el fluido carmesí empieza a tomar forma rectangular hasta encapsularse las bolsas plásticas de sangre.
Que Flavia haga una donación antes de su entrevista con Fernando, en bata y cara de doctor aburrido cuando la recibe, solo subraya para mí la linda idea de transfusión entre pasado y presente, memoria y olvido, familia y vacío. Subraya la importancia de la donación de recuerdos para nunca olvidar cómo nadar entre tiburones.

