Un neo noir íntimo y elegante que reúne a dos leyendas del cine mundial: Dustin Hoffman, magistral a sus 88 años, y Jean Reno, cuya sola presencia reorganiza cualquier escena. Una película pequeña en escala, enorme en oficio. POR ERNESTO GARRATT

Hay películas que llegan a la cartelera sin pretender sacudir el mundo y, sin embargo, te atrapan con una precisión casi musical. El Afinador (Tuner, 2025), que se estrena este 25 de junio en cines chilenos de la mano de BF Distribution, es exactamente ese tipo de filme. Una obra pequeña en escala, grande en oficio, que navega con soltura entre el thriller de atracos, el romance y el drama humano, y que tiene la virtud infrecuente de saber exactamente cuándo bajar la voz.
La dirige Daniel Roher, cineasta canadiense que el mundo conoció como el autor de Navalny (2022), el devastador documental que le valió el Oscar y el BAFTA. Con El Afinador, Roher debuta en la ficción mezclando crimen, romance, drama musical y un aire de noir contemporáneo. El resultado es una película que, como bien ha señalado la crítica internacional, se asemeja a un regreso a los dramas de los 90 bien escritos y centrados en los personajes, como Good Will Hunting o Shine. No es un elogio menor: estamos hablando de una categoría de cine que el sistema de estudios ha ido desplazando hacia los márgenes, y que cuando aparece en pantalla grande se agradece con la misma nostalgia que produce escuchar jazz en una ciudad llena de ruido.
La premisa, en papel, suena absurda: un afinador de pianos que padece hiperacusia —una hipersensibilidad auditiva que convierte los sonidos cotidianos en algo insoportable— descubre que ese mismo don le permite abrir cajas fuertes con una precisión sobrehumana. Sin embargo, la película tiene la inteligencia suficiente para entender que ese no es el verdadero centro de la historia.
Lo que realmente importa es la relación entre Niki White (Leo Woodall) y Harry Horowitz (Dustin Hoffman), dos afinadores de pianos unidos por una ironía casi perfecta: mientras Niki escucha demasiado y vive obligado a protegerse del ruido constante del mundo, Harry comienza a perder el oído que lo convirtió en uno de los técnicos más respetados de Nueva York. Esa contradicción es la auténtica alma del filme: el don como condena, el oficio como identidad, la escucha como forma de amar y de perderse.
El toque de jazz, de otras décadas en su tono narrativo y estético, aparece como una marca de la casa: el director estaba muy emocionado con ese aire ágil y jazzístico del montaje, y junto a Lowell A. Meyer en la cinematografía, lograron tocar jazz a través de la narración visual. El diseño de sonido, a cargo del notable Johnnie Burn, no es un elemento decorativo sino un personaje más: en una película sobre la escucha, cada frecuencia tiene peso dramático.
Dustin Hoffman: el maestro que nunca pierde el tono
Pero hablemos de lo que todo el mundo quiere saber: Dustin Hoffman. A sus 88 años, el hombre vuelve a la pantalla grande y lo hace con una naturalidad que desarma. Quien termina robándose la película es Dustin Hoffman. A sus 88 años conserva intacta la capacidad de dominar una escena con apenas una mirada o una línea de diálogo. Harry podría haber sido el típico mentor gruñón y sabio que tantas veces ha aparecido en el cine, pero Hoffman lo convierte en alguien mucho más humano: divertido, terco, cariñoso y profundamente consciente de que el tiempo se le está acabando.

Para entender el peso de esta presencia, hay que recordar quién es Dustin Hoffman. Ganó el Oscar en 1979 por su papel en Kramer contra Kramer y nuevamente en 1988 por Rain Man. En 1997, recibió el estimado premio Cecil B. DeMille de la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood. Es uno de los nueve actores que ha ganado el Oscar al mejor actor en dos ocasiones. En total ha recibido siete nominaciones, todas en la categoría protagónica. En 2009, la Academia Francesa de Cine le entregó el César Honorífico. Y sin embargo, lo que más define a Hoffman no son sus estatuillas sino su relación obsesiva con la verdad del personaje.
Desde su consagración con El graduado de Mike Nichols, pasando por Cowboy de medianoche, Kramer contra Kramer, Tootsie y Rain Man, Hoffman construyó una filmografía que borró la línea que separaba al actor de carácter del protagonista principal. Era, y sigue siendo, de esa estirpe de actores que no actúan para la cámara sino que habitan el personaje. En El Afinador, el veterano Hoffman aporta gran oficio, calidez, un carisma inesperado y una melancolía muy eficaz. Su Harry Horowitz es un hombre que sabe que está al final de algo —de su carrera, de su oído, quizás de su vida— y que aun así insiste en el ritual cotidiano del trabajo bien hecho. Hay en esa figura algo profundamente conmovedor, y Hoffman lo transmite sin un gramo de artificio.
Jean Reno: el peso de una presencia inevitable
Da gusto ver en la pantalla grande al gran Jean Reno, aunque sea en el breve papel de Marius Maissner, un importante compositor para el que a Ruthie le gustaría trabajar. Porque Reno es uno de esos actores cuya sola aparición en cuadro reorganiza la gravedad de la escena. Aunque su intervención en El Afinador sea breve, funciona exactamente como debe funcionar un cameo de esta naturaleza: como un faro de peso simbólico que ilumina el arco de otro personaje.

Juan Moreno y Herrera-Jiménez, nacido en Casablanca de padres españoles exiliados por el franquismo, construyó su carrera bajo el nombre de Jean Reno desde los márgenes del teatro hasta convertirse en uno de los actores franceses de mayor proyección internacional. El verdadero reconocimiento internacional llegó en 1994 con Léon: El profesional, dirigida por Luc Besson. En este thriller, Reno interpretó a Léon, un asesino a sueldo solitario que forma una inusual relación con una niña huérfana interpretada por Natalie Portman. La película fue un éxito tanto crítico como comercial, y cimentó su estatus como uno de los actores más destacados de Europa. De ahí en adelante, Reno acumuló una filmografía que va de Misión: Imposible a Ronin, del Código Da Vinci a Los visitantes, demostrando una versatilidad que pocas veces recibe el reconocimiento que merece. El presidente de Francia Jacques Chirac lo nombró Caballero de la Legión de Honor. En 2000 recibió el Premio del Cine Europeo por su aporte al cine internacional.
Verlo en El Afinador es, en cierta forma, un acto de gratitud cinéfila: la película invita a una leyenda a ocupar el espacio que merece, aunque sea por unos minutos.
La crítica especializada ha descrito El Afinador como un drama fácil, no forzado, que mezcla momentos de comedia romántica con un relajado thriller policial. Como los hermanos Safdie en modo chill out. En Metacritic acumula una puntuación de 75 sobre 100 basada en 29 reseñas, con calificación general favorable; en IMDB los usuarios le asignan un 7.5/10. No es la película del año ni pretende serlo. Es algo más escaso y más valioso: una película que sabe lo que quiere contar, que confía en sus actores, y que trata al espectador como a alguien capaz de emocionarse con dos hombres que afinan pianos en una camioneta por Manhattan.

El Afinador no tiene una nota fuera de lugar y, aunque se pasea con libertad entre la realidad y las licencias dramáticas, mantiene con habilidad el suspenso y la diversión con un ritmo que raya en lo perfecto. Entretenida, elegante, construida con oído, pulso y sentido del ritmo. En tiempos en que el cine de mediano presupuesto ha casi desaparecido de las salas, eso es bastante más que suficiente.

