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    El verano en que el cine volvió a arriesgarse: “Nouvelle Vague” en Toronto

    Por Ernesto Garratt

    Hay una escena, al comienzo de “Nouvelle Vague”, que funciona como declaración de principios de toda la película: un grupo de críticos jóvenes, todavía sin haber filmado nada, ven “Los cuatrocientos golpes” de François Truffaut en Cannes en 1959, y uno de ellos —Jean-Luc Godard, interpretado por Guillaume Marbeck en lo que ya se ha descrito, con razón, como una actuación generacional— siente que ya no puede seguir siendo el único de la pandilla de Cahiers du Cinéma que no ha hecho su propia película. Richard Linklater, que en esta misma edición del TIFF presentó también “Blue Moon”, su elegía sobre Lorenz Hart, decidió filmar en la misma temporada dos películas sobre el mismo tema exacto, contado desde ángulos opuestos: qué le cuesta al talento verdadero abrirse paso frente al éxito cómodo y digerible. En “Blue Moon” ese talento pierde. En “Nouvelle Vague” gana, y de qué manera.

    La película reconstruye el rodaje de “Sin aliento” en el verano de 1959, y lo hace con una honestidad formal poco común: blanco y negro, formato académico 4:3, grano de época, incluso las marcas de cambio de rollo en la esquina superior de la pantalla, como si Linklater quisiera que uno olvidara que está viendo una película hecha en 2025. No es un ejercicio de nostalgia decorativa —el propio Linklater ha insistido en que esto no busca imitar el estilo de Godard, sino capturar el espíritu de riesgo detrás de él—, y esa distinción es exactamente lo que separa a un homenaje bien pensado de un ejercicio de fanático con plata. Aquí no hay dolly, porque Godard tampoco usó dolly: hacía sentar a su director de fotografía, Raoul Coutard, en una silla de ruedas y lo empujaba él mismo por la escena. No hay guion cerrado, porque tampoco lo hubo entonces: se escribía el día del rodaje, a veces en la mesa de un café, mientras la actriz Jean Seberg —una Zoey Deutch que se roba cada plano en el que aparece— se desesperaba tratando de entender qué clase de dirección estaba recibiendo de un hombre que se negaba a repetir una toma más de una o dos veces.

    Ahí está el corazón político de la película, aunque nadie lo diga con esas palabras en pantalla: el grupo de Cahiers atacaba lo que llamaban la “tradición de calidad” del cine francés —esas producciones bien hechas, bien fotografiadas, completamente domesticadas— con el mismo desprecio con que Lorenz Hart miraba “Oklahoma!” en la otra película de Linklater de este mismo año. Es curioso, y hasta un poco perverso, que el director haya elegido contar en el mismo ciclo la historia del que pierde esa batalla contra el arte inofensivo (Hart, borracho en una barra mientras el musical de su ex-socio triunfa arriba) y la historia del que la gana (Godard, fumando cigarrillos con sus amigos, inventando sobre la marcha la película que terminaría por dinamitar cien años de convenciones narrativas). Como cronista que ha pasado media vida defendiendo el cine que no busca gustarle a todo el mundo, confieso que salí del TIFF prefiriendo, sin ninguna culpa, esta versión optimista de la misma historia.

    Linklater tiene, además, la generosidad de no quedarse solo con Godard: construye a su alrededor una auténtica galaxia —Truffaut, Chabrol, Rivette, Rohmer, la script Suzanne Schiffman, todos los nombres que cualquier estudiante de cine debería aprender a reconocer— sin que la película se convierta nunca en un ejercicio académico de nombres propios. Es, ante todo, cine sobre la alegría específica de hacer cine con poco presupuesto, con un productor reticente, con actores que no siempre entienden lo que están construyendo hasta que ya lo construyeron. Uno reconoce ahí, si ha leído algo de historia del cine independiente estadounidense, la propia biografía de Linklater: el mismo hombre que rodó “Slacker” en 1989 con casi nada de dinero le está rindiendo cuentas, treinta y seis años después, al movimiento que le enseñó que se podía hacer cine así.

    La ovación en Cannes, donde la película tuvo su premiere mundial en competencia antes de llegar a Toronto, terminó en una guerra de ofertas que ganó Netflix con el acuerdo doméstico más alto pagado jamás por una película en francés. Hay una ironía deliciosa en eso: la plataforma que representa, para muchos, la homogeneización última del consumo audiovisual, pagando una fortuna por una oda a los que se rebelaron contra la homogeneización del cine de su época. Godard, que vivió noventa años despreciando casi cualquier forma de acomodo comercial, probablemente se habría reído del asunto durante un buen rato antes de encender otro cigarrillo. Linklater, más generoso que su ídolo, seguramente ya lo tenía calculado: la mejor manera de que el espíritu de la Nouvelle Vague le llegue a una nueva generación no es protegerlo en una vitrina de cinemateca, sino dejarlo entrar, otra vez, por la puerta ancha.

    Ernesto Garratt
    Ernesto Garratthttp://www.nerdnews.cl
    Guionista, escritor, periodista y crítico de cine. Ganó el Premio Marta Brunet a la Mejor Novela para Jóvenes del Ministerio de Cultura con Allegados (Editorial Hueders, 2017). Es autor del libro Tardes de cine (Ediciones B, 2012) y de Casa Propia (Hueders, 2019), esta última novela ganadora de los Premios Literarios de la Municipalidad de Santiago. En el año 2011 recibió el premio del Santiago Festival Internacional de Cine por su apoyo a la difusión periodística y crítica del cine chileno. Fue Editor del Área de Documentales de La Red. En la actualidad es Director de Nerdnews.cl y ejerce la crítica de cine en medios como radio ADN y NerdNews.cl. Sus últimas novelas son Error de Continuidad (Áurea Ediciones, 2020) y Educación Universitaria (Hueders, 2023).

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