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    El deseo como maldición: “Obsesión” incendia el Midnight Madness

    Por Ernesto Garratt

    Hay una escena, en algún punto de la mitología reciente de los festivales, que ya se repite lo suficiente como para tener nombre propio: la función de medianoche en la que una sala llena de desconocidos empieza a gritarle a la pantalla, y al salir todos entienden que acaban de presenciar algo que va a viajar mucho más lejos que el festival mismo. Eso pasó el 5 de septiembre con “Obsesión”, en el bloque Midnight Madness del TIFF, y lo que siguió —una guerra de ofertas que terminó en unos 15 millones de dólares pagados por Focus Features, la cifra más alta jamás desembolsada por una película de género en la historia del festival— confirma algo que como cronista de cine llevo años sospechando: el público sabe reconocer el terror de verdad mucho antes de que lo sepan reconocer los estudios.

    Curry Barker tiene veintiséis años, viene de Mobile, Alabama, y su currículum antes de esto era un canal de comedia en YouTube llamado That’s a Bad Idea, hecho con su socio Cooper Tomlinson, y un largometraje de found footage —Milk & Serial— rodado con ochocientos dólares y subido gratis a internet. Es decir: ningún taller de guion, ninguna beca, ninguna escuela de cine en el sentido tradicional del término, sino la escuela paralela que se está construyendo, sketch tras sketch, en la plataforma que la industria todavía mira por encima del hombro. Editó buena parte de “Obsesión” desde su pieza, y grabó él mismo, con el teléfono, la voz del representante de servicio al cliente del juguete maldito que activa toda la tragedia. Cuesta setecientos cincuenta mil dólares hacer esta película. Cuesta, en cambio, una cantidad obscena de arrogancia creer que uno puede hacerla sin el aparato completo de la industria detrás. Barker tuvo esa arrogancia, y le funcionó.

    La premisa es de una simpleza casi insultante, del tipo que solo funciona si el director sabe exactamente lo que está haciendo: Bear, un empleado de tienda de música interpretado por Michael Johnston, está enamorado en silencio de su amiga de la infancia Nikki —Inde Navarrette, que se come la película entera y no deja nada para nadie más—, y cuando encuentra un juguete de anticuario que promete cumplir un deseo al romperse, pide lo único que un hombre enamorado y cobarde pediría: que ella lo ame más que a nada en el mundo. La maldición, por supuesto, no es que el deseo no se cumpla. Es que se cumple exactamente como se pidió, y ahí es donde la película deja de ser una comedia romántica torcida y se convierte en otra cosa, algo más cercano al horror corporal, a la posesión, al amor entendido no como sentimiento sino como fuerza que devora al que lo siente y al que lo recibe por igual.

    Ahí está el logro real de Barker: entendió que el terror contemporáneo más eficaz no necesita monstruos importados de ninguna mitología, le basta con tomar un cliché sentimental —el “ojalá me amara así de intensamente”— y llevarlo hasta su consecuencia literal, hasta que la intensidad se vuelve grotesca. Es la misma operación que hizo grande al mejor terror de los últimos años: convertir la metáfora en carne. Navarrette hace ahí un trabajo que va mucho más allá del “final girl” o la “chica poseída” genérica: construye una Nikki cuya transformación funciona porque antes existió una Nikki completamente reconocible, alguien con la que uno podría trabajar en una tienda de discos sin sospechar nada.

    Se le puede reprochar a la película, con justicia, que el protagonista masculino estire a veces la credulidad del espectador —hay decisiones de Bear que solo se sostienen porque el género lo permite—, y que ciento ocho minutos de escalada constante empiezan, en el tercer acto, a pedirle al espectador una resistencia física casi tanto como narrativa. Pero esa es una objeción menor frente a lo que la película logra: hacer que una sala entera de festival, gente que ha visto de todo, vuelva a sentir miedo genuino con un juguete de anticuario y una promesa de amor incondicional. “Obsesión” salió de Toronto convertida en fenómeno, y luego, meses después, en la cinta de terror más taquillera de la historia de Focus Features. Yo prefiero quedarme con la otra estadística, la que no aparece en los reportes de Deadline: la de un director de veintiséis años que aprendió el oficio subiendo cortos gratis a internet y que, sin pedirle permiso a nadie, entendió el terror mejor que media industria que sí tuvo la escuela, el presupuesto y el nombre.

    Ernesto Garratt
    Ernesto Garratthttp://www.nerdnews.cl
    Guionista, escritor, periodista y crítico de cine. Ganó el Premio Marta Brunet a la Mejor Novela para Jóvenes del Ministerio de Cultura con Allegados (Editorial Hueders, 2017). Es autor del libro Tardes de cine (Ediciones B, 2012) y de Casa Propia (Hueders, 2019), esta última novela ganadora de los Premios Literarios de la Municipalidad de Santiago. En el año 2011 recibió el premio del Santiago Festival Internacional de Cine por su apoyo a la difusión periodística y crítica del cine chileno. Fue Editor del Área de Documentales de La Red. En la actualidad es Director de Nerdnews.cl y ejerce la crítica de cine en medios como radio ADN y NerdNews.cl. Sus últimas novelas son Error de Continuidad (Áurea Ediciones, 2020) y Educación Universitaria (Hueders, 2023).

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